CESAERON - Sangre y Nigromancia - Capítulo IV - Depredadores y Plagas
Depredadores y Plagas
La piedra labrada termina con la discreción de quien ha agotado su argumento.
No hay un umbral marcado, no hay una señal arquitectónica que indique el fin del bastión y el principio de lo que el bastión se limitó a aprovechar. La transición ocurre en el espacio de cuatro o cinco metros: las juntas entre bloques se vuelven irregulares, el suelo pierde la horizontalidad deliberada que requiere la construcción humana, y en algún punto que no pude fijar con exactitud —porque la atención estaba distribuida entre la evaluación del terreno, la posición de Hadvar y el estado de mis propias reservas— dejé de estar en el interior de algo construido y empecé a estar en el interior de algo que simplemente existía.
Las cavernas naturales de Helgen se habían formado por agua. Eso era evidente en la curvatura de las paredes —el desgaste paciente de siglos de filtración— y en el brillo húmedo que la luz de las antorchas devolvía desde superficies que nunca habían conocido el cincel. La roca aquí no había sido intervenida. Tenía su propia opinión sobre la geometría y no le interesaba la nuestra.
El suelo era irregular de una forma que el bastión no había sido: piedra viva con el relieve que el agua deja cuando lleva suficiente tiempo labrando su camino, con charcos planos en las depresiones donde la humedad se acumulaba sin evaporarse. Mis botas —las del guardia del corredor, una talla más grande de lo óptimo, una variable de incomodidad que yo había archivado desde el nivel superior— encontraban tracción con menos consistencia que en la piedra trabajada. Lo registré y ajusté el paso en consecuencia.
El hambre llevaba dos horas en el nivel que yo clasifico internamente como cuatro: el punto en que el cuerpo deja de enviar señales intermitentes y empieza a enviar una señal continua de baja intensidad, una queja de fondo que no interrumpe el funcionamiento pero que ocupa un porcentaje constante de la atención disponible. La fatiga había migrado de los pies a los muslos, ese desplazamiento ascendente que indica que el músculo ya no está respondiendo al ejercicio sino gestionando su propia deuda acumulada. Funcional. Degradado respecto al inicio de la jornada. Todavía operativo.
Seguí adelante.
✦ ✦ ✦El olor cambió antes de que el terreno ofreciera otras señales.
El frío húmedo de la cueva tenía un componente base que yo ya había registrado —mineral, ligeramente salino, el olor neutro de la roca mojada en ausencia de ventilación—, pero en algún punto entre el décimo y el decimoquinto metro desde el inicio de las cavernas naturales ese componente base adquirió una capa nueva. Dulce no era la palabra exacta, pero era la más aproximada disponible: una dulzura orgánica y densa, del tipo que no produce ningún proceso vivo sino los procesos que suceden cuando algo vivo ha dejado de serlo y lo que queda trabaja pacientemente en su disolución. No era el olor agudo de la muerte reciente. Era el olor de la descomposición en su fase media, cuando los agentes biológicos del proceso llevan suficiente tiempo activos para que el resultado haya adquirido su propio carácter.
Lo identifiqué en tres segundos.
Nido. La fauna de estas cavernas lleva tiempo establecida. El nivel de descomposición orgánica sugiere presencia prolongada, no incidental. Actores biológicos con territorio definido, no variables en tránsito.
Hadvar no había dicho nada desde que dejamos el nivel de las celdas. Lo miré lateralmente: la postura había cambiado del modo corredor-de-bastión al modo terreno-desconocido, lo que en términos prácticos significaba que la mano derecha estaba más cerca de la espada y los pasos eran más cortos, más deliberados, con el peso distribuido de forma diferente. Un ajuste inconsciente y correcto. El instinto de combate en un soldado bien entrenado es uno de los recursos más eficientes disponibles porque no consume atención consciente para activarse.
Las telarañas aparecieron en las paredes laterales primero.
No los hilos aislados que una araña solitaria tiende entre dos puntos de anclaje —esas estructuras geométricas, funcionales, con la economía de material que requiere un depredador que trabaja solo—, sino algo de una densidad diferente: capas superpuestas de seda vieja sobre seda más vieja todavía, el resultado de generaciones de construcción y abandono parcial y reconstrucción encima. El tejido tenía el color del hueso amarillento, opaco donde la acumulación era más densa, traslúcido en los bordes donde el hilo más reciente todavía no había adquirido la pátina que da el tiempo. Cubría las paredes desde el nivel del suelo hasta donde alcanzaba la luz de las antorchas, y probablemente más allá.
En algunos puntos el material no era solo hilo: había bultos. Cilíndricos, del tamaño de un antebrazo o mayor, envueltos en capas apretadas de seda hasta quedar irreconocibles en su forma original. Los identifiqué como provisiones. Cada uno era evidencia de una caza anterior, de una presa que en algún momento había sido viva y que ahora esperaba en ese estado de conservación particular que la seda produce —no preservación, sino ralentización del proceso, mantenimiento en la fase utilizable durante el tiempo máximo posible.
Había al menos doce bultos visibles desde donde yo estaba.
Una comunidad bien alimentada.
✦ ✦ ✦El primer sonido llegó de arriba.
No un ruido de movimiento de las dimensiones que uno espera de un depredador —no pasos, no el impacto de masa contra superficie—, sino algo más seco, más rápido: el chasquido múltiple de apéndices quitinosos sobre roca, el sonido que produce un sistema locomotor de ocho puntos de contacto cuando el peso que transporta supera los treinta kilos y se mueve con la urgencia de algo que ha detectado calor en su territorio.
Hadvar lo oyó al mismo tiempo que yo. La espada salió de la vaina.
Lo dejé ir adelante.
No con una instrucción —no había tiempo ni necesidad de una instrucción— sino simplemente sin moverme yo, lo que en el contexto de un corredor estrecho con un depredador descendiendo desde el techo significaba lo mismo: Hadvar ocupó el espacio frontal y yo me desplacé dos pasos hacia atrás y uno y medio hacia la derecha, a la posición que maximizaba mi ángulo de visión sobre el objetivo y mi distancia respecto al área de contacto físico.
La araña cayó.
El tamaño era el que había anticipado a partir de la escala de los bultos en las paredes: el cuerpo principal aproximadamente del tamaño de un perro mediano, las patas extendidas en un radio que duplicaba esa dimensión. El abdomen era desproporcionadamente grande respecto al cefalotórax, lo que indicaba una hembra en fase de alimentación activa. El color era el pardo-grisáceo que adoptan las arañas de caverna: una ausencia de pigmentación que no es blancura sino la renuncia al color como variable irrelevante en ausencia de luz suficiente para que el color cumpla ninguna función.
Los ojos eran ocho puntos de reflejo oscuro. No tenían expresión. Claro está: los artrópodos no tienen expresión. Tienen patrones de respuesta a estímulos, y en este momento el estímulo predominante era Hadvar —su calor, su movimiento, el sonido de su respiración— que estaba a metro y medio del punto de impacto.
Hadvar golpeó primero.
El golpe de espada fue sólido en términos técnicos —ángulo correcto, peso del cuerpo detrás del movimiento— pero el resultado fue impreciso de la forma en que los golpes físicos contra artrópodos tienden a ser imprecisos: la hoja encontró la articulación entre dos segmentos de la pata delantera izquierda y la seccionó, pero la araña no respondió al dolor de la manera en que respondería un vertebrado. Redirigió. Ajustó la geometría de ataque con la velocidad que permite un sistema nervioso distribuido, sin el retraso que el dolor central produce en los organismos que lo procesan de forma centralizada.
El combate físico contra quitina es ineficiente por definición. La armadura natural del artrópodo distribuye el impacto. El área de daño efectivo —las uniones entre segmentos, los ojos, el abdomen— representa menos del quince por ciento de la superficie total. Un espadachín necesita precisión o volumen de golpes para compensar esa ineficiencia. Hadvar tiene precisión pero no tiene el ángulo.
Extendí la mano derecha.
✦ ✦ ✦La decisión de usar Llamas y no Chispas no fue sentimental. Fue aritmética.
Las Chispas actúan sobre el sistema nervioso y sobre los canales de magicka. Los artrópodos tienen sistema nervioso —distribuido, primitivo, pero presente— y no tienen magicka. El efecto de drenaje, que era la ventaja diferencial del rayo contra magos, era aquí irrelevante. La interferencia neurológica podría producir algún resultado pero con una eficiencia considerablemente menor que contra un objetivo vertebrado de sistema nervioso centralizado. Las Chispas eran una herramienta de precisión. Estas criaturas no requerían precisión. Requerían temperatura.
La quitina arde.
No con la facilidad de la madera o la tela, pero arde: el polisacárido estructural que compone el exoesqueleto de los artrópodos tiene una temperatura de ignición que el fuego sostenido puede alcanzar en segundos, y una vez alcanzada, el proceso es autónomo. El exoesqueleto no conduce calor de la forma en que lo hace el metal, lo que significa que el daño no se distribuye desde el punto de impacto hacia el resto del organismo; se concentra. Se acumula. La araña no tiene mecanismo para extraer calor de una zona en combustión activa porque no evolucionó para gestionar ese tipo de amenaza.
Lancé una ráfaga corta. Tres segundos de canalización, dirigida al abdomen.
El sonido que produjo la ignición fue un siseo seco, inmediato, el sonido de humedad superficial evaporándose en el primer impacto seguido casi instantáneamente por algo más bajo y continuo —la combustión del tejido orgánico bajo la seda del abdomen, que ardió primero porque era el material más fino—. El olor llegó en la misma fracción de segundo: quitina chamuscada tiene un componente proteico que el fuego libera en una columna densa y acre, con una nota dulce debajo que era el tejido blando del abdomen y que resultaba más difícil de clasificar porque no tenía un referente directo en mi experiencia anterior.
Lo archivé para otro momento.
La araña se contrajo. Los ocho apéndices ejecutaron el movimiento de repliegue que produce el sistema nervioso distribuido cuando recibe señales de daño simultáneo desde múltiples puntos: una contracción hacia el centro, las patas doblándose bajo el cuerpo con la velocidad de un mecanismo sin voluntad. Hadvar se apartó —buen instinto, el cuerpo en contracción era impredecible en sus ángulos— y yo mantuve la ráfaga durante dos segundos adicionales, apuntando ahora a la unión entre el cefalotórax y el abdomen.
La araña dejó de moverse.
Ocho segundos desde el primer sonido de apéndices sobre roca hasta el resultado final. Ocho segundos de los cuales yo había usado cinco activamente. Los tres restantes habían sido de Hadvar, y el resultado de esos tres segundos era una pata seccionada y un par de cortes superficiales en la cubierta dorsal que no habrían cambiado el resultado sin mi intervención.
No lo dije en voz alta.
✦ ✦ ✦Había cuatro más.
Lo supe antes de verlos: el techo sobre el cuerpo de la primera araña se había vuelto dinámico, los puntos de reflejo oscuro multiplicados en la oscuridad por encima del rango de las antorchas, la acumulación de masa quitinosa reposicionándose con esa velocidad silenciosa que es más perturbadora que cualquier ruido porque el ruido al menos ofrece información sobre dirección y distancia.
Me desplacé lateralmente otros dos pasos.
La geometría del espacio importa más que la fuerza individual en cualquier encuentro con múltiples agresores. Lo que yo necesitaba era un ángulo que me permitiera ver el mayor número posible de objetivos simultáneamente, que pusiera a Hadvar entre mi posición y el área de contacto físico más probable, y que mantuviera a mis espaldas una pared de roca sólida en lugar de espacio abierto que podría ser flanqueado desde arriba. La pared trasera izquierda de la galería cumplía esas condiciones. Me coloqué contra ella.
Hadvar no necesitó instrucciones. Ocupó el centro del corredor con la espada levantada y la antorcha en la mano izquierda, el ángulo correcto para interponerse entre mi posición y cualquier cosa que descendiera desde el techo. Lo hizo con la naturalidad de quien ha luchado en formación suficiente tiempo para que la posición relativa respecto a un aliado sea instinto y no cálculo.
Utilicé ese instinto. Era un recurso.
La segunda araña bajó por la pared derecha. La tercera por el techo directamente sobre Hadvar, lo que significaba que su función como escudo era exactamente la correcta en ese momento. Las dos restantes permanecieron en la oscuridad superior, lo que significaba que estaban procesando —en el sentido limitado en que procesan los artrópodos— la información de calor y movimiento antes de comprometer su posición.
Lancé la primera ráfaga a la araña de la pared derecha porque era el ángulo más limpio: sin Hadvar en la línea de fuego, sin obstrucciones entre mi palma extendida y el abdomen del objetivo. Dos segundos. La ignición fue inmediata —la seda de la pared prendió también, un efecto secundario que era aceptable en términos tácticos porque generaba luz adicional y presión psicológica sobre los objetivos restantes, en la medida en que los artrópodos son susceptibles a algo que pueda llamarse presión psicológica, que es discutible.
La tercera araña llegó a Hadvar.
Eso era lo que Hadvar era: el punto de llegada. Lo vi encajar el impacto de las patas delanteras contra la armadura del hombro izquierdo —un impacto de suficiente masa como para que un hombre sin armadura hubiera perdido el equilibrio— y absorberlo con el paso atrás y el giro de cadera que convierte el impacto en movimiento en lugar de en daño. Buen combatiente. La espada encontró la articulación correcta esta vez, el ángulo que yo le habría indicado si hubiera tenido tiempo de indicárselo, y la pata delantera derecha de la araña quedó unida al cuerpo por tejido blando solamente.
Cambié el ángulo y lancé la segunda ráfaga sobre la araña encima de Hadvar.
La precisión en el tiro sobre un objetivo en movimiento sobre un objetivo aliado en movimiento requería un margen que el espacio no ofrecía generosamente. Lo resolví con una ráfaga más corta —un segundo y medio de canalización— apuntada al lado izquierdo del abdomen, el único ángulo que no tenía a Hadvar en la trayectoria directa. El resultado fue parcial: la ignición comenzó pero no alcanzó la temperatura de combustión sostenida en ese tiempo de contacto. Lancé una segunda ráfaga inmediata, ahora sobre el cefalotórax, y la araña comenzó a contraerse antes de que llegara al suelo.
Las dos restantes descendieron juntas.
Eso fue, funcionalmente, un error de su parte: dos objetivos en el mismo ángulo de visión son más eficientes de eliminar que dos objetivos en ángulos separados, porque la corrección entre un disparo y el siguiente es mínima. Tres segundos de canalización sostenida, barriendo el haz de izquierda a derecha, y la seda de toda la pared trasera del corredor ardió en una cortina que produjo suficiente luz como para hacer innecesaria la antorcha durante los siguientes veinte segundos.
El olor a esa escala era considerable.
Acre y denso con esa nota proteica que la quitina chamuscada libera, más el componente más dulce del tejido orgánico interior, más el humo de la seda ardiendo que tenía una textura diferente a los demás combustibles —más espeso, más pegajoso en la garganta, el tipo de humo que deja una capa en las membranas mucosas que uno sigue notando varios minutos después de que el fuego se apaga—. Respiré por la boca con la misma atención sistemática que le habría dedicado a cualquier otra variable del entorno. Registré. Continué.
✦ ✦ ✦Hadvar tenía un corte en el antebrazo derecho.
Superficial —el quitín de las patas de araña es afilado en los bordes pero no diseñado para corte sostenido, lo que significa que los cortes que produce son más parecidos a laceraciones que a heridas de filo— pero con el tipo de sangrado constante que requiere atención antes de que la pérdida acumulada se vuelva variable relevante. Lo vi cuando limpió la hoja con el borde de la capa.
—¿Profundo? —pregunté.
—No —dijo Hadvar. Examinó el corte con la brevedad de quien ha evaluado sus propias heridas suficientes veces como para hacerlo con exactitud sin dramatismo—. Carne. No tendón.
Información suficiente. Seguiría siendo funcional. Archivé la herida como variable de degradación gradual, no de incapacitación inmediata, y recalibré en consecuencia la distancia que mantendría entre mi posición y el área de contacto físico para los obstáculos restantes.
Hadvar envolvió el corte con una tira de tela que extrajo del interior de la capa —el tipo de improvisación que indica preparación previa, el hábito de alguien que ha aprendido que los torniquetes disponibles en el momento del corte son los que uno lleva consigo— y anudó el resultado con una eficiencia que no requería ayuda.
No le ofrecí la poción.
La poción de curación que llevaba contra el pecho, al lado del grimorio, era un recurso de reserva para un escenario de incapacitación, no para una laceración que él mismo había clasificado correctamente como no-crítica. Gestionar los recursos de reserva como si fueran recursos corrientes es la forma más rápida de quedarse sin reservas cuando se necesitan. La poción permanecería donde estaba.
—Deberíamos movernos —dije.
—Sí —concordó Hadvar.
✦ ✦ ✦El nido terminaba donde terminaba la seda.
Esa era la señal más fiable: la transición de las paredes cubiertas por capas superpuestas de tejido construido a la roca desnuda marcaba el límite del territorio establecido con más exactitud que cualquier otra característica del terreno. Los artrópodos son criaturas de hábitat definido. No persiguen más allá del borde de su espacio porque no tienen el sistema cognitivo para conceptualizar la persecución sostenida fuera del territorio familiar. Una variable más predecible que la mayoría de los adversarios que encontraría fuera de estas cavernas.
Lo que quedaba del nido ardía despacio a nuestras espaldas.
El fuego se propagaría hasta donde hubiera combustible —la seda seca era material excelente— y se apagaría cuando alcanzara la roca. No había nada de valor que destruir. El grimorio estaba en mi pecho, el grimorio de E.V. construido sobre la sabiduría de alguien que había muerto sin que su conocimiento muriera con él. La seda ardiendo era simplemente seda ardiendo.
La última galería abrió ante nosotros sin transición brusca: el corredor de la cueva se ensanchó, el techo se elevó cuatro metros sobre nuestras cabezas, y la roca adquirió una textura diferente —más seca, con menos reflejo de humedad— que indicaba mejor ventilación.
La ventilación indicaba abertura.
Y al fondo de la galería, en el extremo que la antorcha de Hadvar no alcanzaba todavía, había algo que ninguna antorcha produce: una claridad difusa, grisácea, con la cualidad particular de la luz filtrada a través de una abertura en la roca hacia un espacio exterior bajo cielo nublado.
La luz de Skyrim.
No cálida. No acogedora. La luz de un exterior en el que un dragón había destruido una ciudad hacía pocas horas y en el que los Thalmor, los Imperiales, los rebeldes y cualquier otra facción con algún interés en lo que había ocurrido en Helgen estarían en algún punto del proceso de reorientar sus operaciones en consecuencia.
Pero luz, de todas formas.
Recursos actuales: hechizos de Llamas y Chispas operativos. Reserva de magicka al sesenta por ciento estimado. Poción de curación intacta. Grimorio de E.V. Hambre en nivel cuatro. Fatiga en nivel tres. Hadvar: funcional con degradación menor en brazo derecho. Destino: Riverwood. Variables desconocidas entre este punto y ese destino: indeterminadas.
Eché a andar hacia la luz.
Lo indeterminado no era un obstáculo. Era simplemente información pendiente de recopilar.
«La criatura que actúa por instinto es más predecible que la criatura que actúa por ideología. El instinto tiene gramática. La ideología tiene excepciones.»
— Diarios de Cesaeron, Año 4E 201
Comentarios
Publicar un comentario