Proyecto Prometheus - Capítulo 1 - Rutina fantasma
Rutina fantasma
El reloj del teléfono marcaba las 01:37.
Otra vez.
Gabriel conocía ese número. No de haberlo buscado —lo conocía de la manera en que se conoce la recurrente cara de un desconocido en la calle: sin nombre, pero con la certeza molesta de haberla visto demasiadas veces para que sea casual—. Lo había visto en el ticket de Tienda Inglesa el mes pasado: total a pagar, $137. En la nafta súper que le puso a la moto la última vez: litros 137.37. En el ticket de un pedido de hacía tres semanas: cliente piso 1, apto 37. En el noticiario, un presentador había dicho de pasada que "137 días después del inicio del brote..." y Gabriel había pausado la pantalla para asegurarse de que había escuchado bien. Había escuchado bien. No le dio importancia. O intentó no dársela.
Bajó el último pedido del portaequipajes y empujó la bicicleta por la vereda de Luis Alberto de Herrera. El cuadro del chasis crujía en cada grieta del pavimento —un sonido húmedo, metálico, como una articulación que lleva demasiado tiempo soportando más peso del que puede—. Catorce horas encima de esa bici. Los muslos ya no dolían; habían pasado del dolor a algo sin nombre exacto que se siente como cartón mojado donde antes había músculo. Casi como desbloquear un nivel en un videojuego —esa clase de logro que ya no se celebra porque no queda energía para celebrar—. Una sensación que tenía guardada en algún cajón de antes, de la vida que dejó kilómetros y años atrás.
No había viento. Pero el aire frío dolía igual: una humedad sucia, pegajosa, la clase de humedad que no refresca sino que pesa, que se le metía bajo las mangas del buzo, en algo más adentro que los huesos y que Gabriel no hubiera sabido nombrar aunque le hubiera importado intentarlo.
A esa hora, Montevideo no dormía del todo. Se alcanzaba a escuchar el ruido sordo de algún colectivo lejano, el zumbido constante de un transformador en algún poste, el ladrido breve y cortado de un perro trasnochado. La ciudad de madrugada siempre le parecía más honesta que de día. Sin la gente encima, se veía lo que era: asfalto, cables, luz artificial sobre paredes que necesitaban pintura desde hacía varios gobiernos.
De un taxi estacionado en doble fila, con las ventanillas entreabiertas, llegó el sonido de una radio. No música. Un documental.
Gabriel frunció el ceño.
—¿Quién carajos piensa en eso de micro-no-se-que-mierda cuando llega molido a las dos de la mañana?
Se rio solo. No fue una risa de humor, sino de supervivencia —la misma risa con la que uno responde cuando alguien pregunta cómo estás y no tiene energía para otra cosa—. Siguió empujando la bici, más lento, como si el aire se estuviera solidificando con cada paso.
Entonces llegó al almacén.
Él lo llamaba abasto. Era un hábito. En Venezuela, ese tipo de local —cuatro paredes, mercancía apilada hasta el techo, reja en el mostrador, el mismo olor a detergente y plástico barato en todos lados, por lo general atendido por un portugués o un chino— se llamaba abasto. Aquí le decían almacén, últimamente atendido por algún venezolano o cubano que había llegado con la misma marea que lo trajo a él. Gabriel lo sabía. Seguía diciéndole abasto de todas formas. Hay palabras que no se cambian porque están pegadas a algo anterior: al olor del abasto del barrio donde creció, a la voz de alguien que ya no estaba, a algo que ni siquiera podría describir con precisión pero que seguía ahí, pesando, sin saber bien el porqué, como si estuviese escrito en su ADN.
El local estaba cerrado. Eso era obvio: la reja metálica bajada, la luz interior apagada, las cajas del escaparate en penumbra.
Pero el cartel de neón seguía encendido.
ABIERTO, decía. En letras rojas, ese rojo sucio que tienen los tubos viejos cuando los electrodos llevan años quemándose.
Aunque no exactamente encendido. Parpadeaba. No con el parpadeo aleatorio de un tubo que está por fundirse —eso Gabriel lo conocía, había repartido suficientes pedidos en bares de madrugada para saber cómo se moría un neón—. Este parpadeo tenía una cadencia. Un ritmo.
Corto — largo-largo-largo-largo. · Corto-corto-corto — largo-largo. · Largo-largo — corto-corto-corto.
Y vuelta a empezar, exacto, sin variación, como una máquina que lleva horas repitiendo el mismo mensaje para nadie.
A Gabriel ese patrón rítmico le resultaba familiar por su experiencia policial en Venezuela, pero no le dio mayor importancia. Lo atribuyó a la paranoia y al cansancio.
Siguió de largo. Nada que ver ahí —o tal vez sí, pero no era el momento, y tampoco sabía qué estaría buscando.
A media cuadra, el semáforo de la esquina estaba en rojo. Gabriel frenó —o eso intentó—. La bicicleta tardó un par de segundos en responder. Normalmente sería por el desgaste de los tacos del freno, pero se sintió más bien como si el destino no esperaba que eso sucediera y tardó una fracción de segundo en representarse en la realidad la decisión de Gabriel. O era efecto del cansancio. No lo supo bien. Miró a los costados: no venía nadie. Ni un auto, ni una moto, ni un ciclista como él que tampoco tuviera nada que perder esperando. La calle en las dos direcciones: vacía, llena de humedad, brillando con esa luz naranja y plana de los faroles municipales.
Esperó.
Cinco segundos.
Diez.
Veinte.
El semáforo no cambiaba. Gabriel lo miró fijo, como si mirarlo fuera a hacer algo. La luz roja le devolviera la mirada: un ojo quieto, sin parpadeo, sin ninguna intención de ceder.
Cuarenta segundos. Cincuenta.
Al otro lado de la calle, en la parada del colectivo, un hombre dormía. O eso parecía. Estaba tumbado en el banco, envuelto en una frazada con el patrón deslavado de algo que alguna vez tuvo colores, la cara tapada por una gorra de Peñarol raída hasta la visera. Los pies descalzos sobresalían por un extremo. No se movía.
Gabriel lo observó. No sabía por qué. Culpa, quizás —la culpa específica del que tiene techo y cama y sabe que no debería ser tan agradecido por eso, pero lo es—. O costumbre. En Caracas, desde niño, había aprendido a mirar a los indigentes, a los que dormían en las entradas de los bancos y los centros comerciales, como quien mira una puerta o un árbol: sin voltear la mirada pero sin quedarse mirando, no por lástima sino por instinto. Eran parte de la rutina de supervivencia —detectar posibles amenazas, o notar su ausencia como señal de que algo peor acechaba esa noche—.
Entonces el hombre habló.
Sin moverse. Sin quitarse la gorra. Sin cambiar la posición del cuerpo, que seguía siendo exactamente la de alguien dormido en la profundidad del sueño.
—No sigas caminando derecho, Gabriel.
El nombre le llegó al pecho como un flechazo. No como un susto —el susto vino después—. Primero fue el reconocimiento puro de que algo estaba fuera de lugar, de la misma manera en que el cuerpo siente algo antes que el cerebro pueda razonarlo.
—¿Qué dijiste?
Silencio.
El hombre dormía. Profundo, regular, con la respiración pareja. Roncando, incluso.
Gabriel esperó. Nada.
El estómago se le cerró en un calambre frío. Cruzó. El semáforo seguía en rojo cuando pisó el asfalto, siguió en rojo cuando llegó al otro lado, y siguió en rojo cuando montó la bici y empezó a pedalear.
Por alguna razón que no hubiera sabido explicar —no era el camino más corto a su casa, no había nada en esa dirección que necesitara— pasó nuevamente frente al almacén.
El cartel de neón ya no decía ABIERTO.
Decía CERRADO.
Las mismas letras, el mismo tubo, el mismo rojo sucio. CERRADO. Sin parpadeo. Estático, como si siempre hubiera dicho eso, como si Gabriel hubiera leído mal la primera vez.
Frenó. Lo miró tres segundos. Cuatro. Siguió.
En la esquina, el semáforo estaba verde.
No supo si reírse o llorar. Así que no hizo ninguna de las dos cosas.
—Trabajar de noche me está volviendo loco.
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