CESAERON - Sangre y Nigromancia - Capítulo III - El Conocimiento es Sangre

Crónicas de Sangre y Nigromancia

CESAERON

Libro Primero · Skyrim
Capítulo III

El Conocimiento es Sangre

Las celdas de interrogatorio estaban en el nivel que el Imperio no pone en los planos oficiales.

No porque su existencia fuera un secreto —cualquier arquitecto con acceso a los registros de construcción del bastión podría haberlas encontrado con dos horas de trabajo— sino porque existe una diferencia entre lo que una institución hace y lo que una institución reconoce que hace, y el Imperio, con toda su disciplina de fachada, era más hábil que la mayoría en mantener esa distancia entre práctica y documentación.

Hadvar no habló mientras descendíamos. Eso también era información: había estado aquí antes, o conocía suficiente sobre el propósito de este nivel para entender que la conversación ligera resultaba fuera de lugar. Los hombres que saben lo que hacen los sótanos de sus propias instituciones aprenden rápido que hay lugares donde el silencio es la única respuesta honesta disponible.

El corredor era más estrecho que los niveles superiores. La piedra aquí no había sido pulida ni trabajada con la misma atención que la arquitectura visible; era roca viva con intervención mínima, el tipo de espacio que se excava porque es necesario y no porque alguien haya pensado en la experiencia de los que lo habitarían. Las antorchas estaban espaciadas con una generosidad que rozaba la crueldad deliberada: suficiente luz para trabajar, no suficiente para que el trabajo pareciera menos de lo que era.

El frío aquí era diferente al de los niveles superiores. No el frío del exterior, que al menos tenía la honestidad de venir de algún lado —del viento, de la altitud, de la temperatura natural de Skyrim en su ciclo habitual de hostilidad—, sino el frío estático de los espacios que no se ventilan, donde el aire lleva suficiente tiempo sin moverse para haber perdido cualquier relación con el exterior y haberse convertido en algo propio: un frío con memoria, que sabe exactamente las cosas que ha presenciado y las retiene en su temperatura.

El olor era estratificado.

Primero, la piedra mojada —omnipresente en este bastión, ya establecida como constante—. Debajo, algo más antiguo: el agrio persistente de la orina en espacios cerrados, la humedad orgánica de los cuerpos humanos que han pasado tiempo prolongado sin ventilación. Y por debajo de todo eso, en la capa que requería atención deliberada para detectar pero que una vez detectada no podía ser ignorada: el olor de la descomposición en su fase media. No fresca —no el tufo inmediato del cadáver reciente—, sino trabajada, como algo que llevaba días o semanas convirtiéndose pacientemente en otra cosa.

Localicé el origen con la misma atención sistemática con que había mapeado cada sala anterior.

Celda tres, al fondo del corredor. La puerta de hierro estaba cerrada.

✦   ✦   ✦

—Aquí hubo un mago —dijo Hadvar. Su voz había cambiado de timbre en los últimos treinta metros, sin que él lo advirtiera probablemente. Más plana. El ajuste involuntario de alguien calibrando el volumen de su propia presencia en un espacio que parece requerir discreción—. Los Thalmor lo trajeron hace meses. Llevaba semanas... —Hizo una pausa. Buscó la palabra o decidió que ninguna palabra era lo suficientemente exacta—. Los de guardia en este nivel pedían traslado con regularidad.

Observé la puerta de la celda tres.

—¿Semanas de qué? —pregunté. No porque necesitara la respuesta para gestionar la situación inmediata, sino porque me daría información sobre el tipo de intervención que los Thalmor habían considerado apropiada y por cuánto tiempo.

—De gritar —dijo Hadvar. Y no añadió nada más.

Semanas de gritar en una celda de piedra de interrogatorio thalmor en el sótano de un bastión imperial. Procesé eso. Imaginé la acústica —la piedra desnuda, el espacio reducido, la ausencia de material absorbente—, la eficiencia del diseño para retener el sonido dentro del espacio y hacerlo rebotar sobre sí mismo, sobre el ocupante.

Los Thalmor entendían la arquitectura del sufrimiento con una competencia que yo habría admirado si no fuera porque esa competencia se había aplicado aquí a alguien que, por definición, tenía acceso a conocimiento que yo necesitaba.

—¿Tienes la llave? —pregunté.

Hadvar señaló el cuerpo de un guardia imperial en el suelo a dos metros de la puerta, al que ninguno de los dos había prestado atención hasta ese momento. Ropa imperial, espada todavía en la vaina —lo que significaba que no había tenido tiempo de sacarla, lo que a su vez significaba que lo que lo había matado llegó rápido o llegó de sorpresa—, y en el cinturón, un aro de hierro con dos llaves.

Me agaché junto al cuerpo.

El guardia llevaba quizás cuatro o cinco días muerto. Los efectos de la temperatura fría del corredor habían ralentizado el proceso, lo que hacía la estimación menos fiable de lo habitual, pero el color de la piel visible y la expresión —que el rigor había fijado en algo que podría interpretarse como sorpresa si se era generoso— apuntaban a ese rango. Anterior al dragón, entonces. Otra historia que este bastión había archivado sin que nadie la completara.

Cogí las llaves. También cogí los documentos del cinturón —registros de guardia, potencialmente útiles para entender los protocolos del bastión—. También cogí la cantimplora.

El agua dentro estaba fría y no tenía sabor a nada preocupante.

Me la bebí en tres tragos largos. El hambre no cedió, pero el umbral de funcionamiento se amplió varios grados hacia lo tolerable.

✦   ✦   ✦

La segunda llave del aro era la correcta.

La puerta de la celda tres abrió hacia adentro con un movimiento que requirió más fuerza de la esperada —la bisagra inferior había comenzado a oxidarse por la humedad del nivel—, y el aire que salió cuando el sello se rompió era de una densidad particular, el tipo que sólo se acumula en espacios que han estado herméticamente cerrados con un proceso orgánico en su interior.

Me detuve en el umbral.

Hadvar no entró. Se quedó un paso detrás de mí, en la posición de alguien que ha decidido que lo que hay dentro no requiere su presencia directa pero que tampoco le corresponde ordenarme que no mire.

Entré.

El mago estaba en el rincón izquierdo, en la posición que adoptan los cuerpos cuando el proceso de morir ha sido suficientemente largo para que la persona tenga tiempo de elegir cómo quiere terminar: encogido, con la espalda contra el ángulo de las dos paredes, las rodillas flexionadas hacia el pecho, los brazos cruzados sobre ellas. La posición de alguien que en algún punto había intentado conservar el calor o, más probablemente, que había buscado hacer su silueta lo más pequeña posible en el espacio disponible.

Lo examiné con la atención sistemática que merecía cualquier fuente potencial de recursos.

Hombre, probablemente cuarenta años al momento de la muerte, aunque las semanas de intervención thalmor hacían esa estimación menos fiable de lo normal. Complexión media, más cercana a la mía que al guardia del corredor. Las ropas eran la confirmación de lo que Hadvar había indicado: túnica de mago, de calidad claramente superior a las que yo llevaba puestas. El tejido era una mezcla de lana y algo más ligero con bordados a lo largo del pecho y los hombros que no eran puramente decorativos: reconocí al menos dos patrones de canalización de magicka en los diseños, el tipo que los magos de cierto nivel incorporan en su ropa para mejorar la eficiencia de conducción.

La capucha estaba caída hacia atrás. El rostro era visible.

No lo describí para mí mismo. No había razón para hacerlo. El rostro de un muerto es información sobre lo que ocurrió antes de la muerte, no sobre la persona que una vez lo habitó, y lo que el rostro de este hombre comunicaba —la contracción residual de músculos que habían trabajado durante demasiado tiempo en el registro del dolor, las marcas en las muñecas donde había habido restricciones— era información que yo ya tenía en términos generales.

Semanas de gritar. El cuerpo era la evidencia forense de eso. Lo archivé.

Lo que me interesaba estaba a su lado.

✦   ✦   ✦

El grimorio había caído del regazo del mago en algún momento después de la muerte y descansaba en el suelo de piedra a menos de medio metro de su mano derecha. Era un volumen delgado. Encuadernación de cuero oscuro sin título en la cubierta exterior —los magos con contenido que no quieren compartir rara vez etiquetan sus trabajos— y con el tipo de desgaste en el lomo que indica uso frecuente más que antigüedad. Alguien había leído este libro muchas veces.

Lo recogí.

La cubierta interior tenía una inscripción en tinta azul oscura, letra apretada y precisa: Para el control del rayo. Fundamentos y aplicación. Uso personal — E.V.

E.V. Archivé las iniciales sin intentar completarlas. Podría ser relevante después. Probablemente no.

Abrí el grimorio.

✦   ✦   ✦

Lo que ocurre cuando un mago entrenado lee un grimorio de hechizo no es lo que ocurre cuando un erudito lee un tratado académico.

Un grimorio no transmite información en el sentido convencional del término. No describe el hechizo como si fuera una receta culinaria. Lo que hace —cuando está bien construido, cuando el autor sabía lo que hacía— es reproducir en la mente del lector el patrón de canalización específico que el hechizo requiere. Es comunicación directa entre dos estados de magicka: el del autor en el momento de escribir y el del lector en el momento de absorber.

El proceso duró aproximadamente dos minutos.

Las páginas estaban escritas en una mezcla de Aldmérico antiguo y notación de canalización estándar, el tipo que se enseña en los Colegios pero que este autor había adaptado con modificaciones propias —atajos, anotaciones marginales en letra diferente, pequeñas correcciones donde la formulación original había sido revisada—. Leí con la velocidad que permite la familiaridad con el sistema de notación, y en algún punto entre la tercera y la cuarta página dejé de estar leyendo en el sentido ordinario del término y empecé a estar recibiendo.

Las Llamas, que era lo único que yo había tenido disponible hasta ese momento, funcionan con calor. Son fundamentalmente expansivas: la magicka se convierte en energía térmica y esa energía se propaga. El control es aproximado por definición. Es un hechizo de primer año por una razón.

Las Chispas son diferentes en su naturaleza.

El rayo no se propaga: se conduce. Busca el camino de menor resistencia con una precisión que el fuego no puede igualar, y ese camino, cuando el objetivo es un ser vivo, es invariablemente el sistema nervioso. No quema la superficie. Entra. Atraviesa. Interrumpe los patrones eléctricos que mantienen el cuerpo en funcionamiento, y lo hace con una velocidad y una especificidad que el fuego, por toda su temperatura, no puede replicar.

Contra un mago, específicamente, las Chispas tienen un efecto adicional que el grimorio describía en la última sección con una precisión que yo aprecié: interferencia directa con los canales de magicka del objetivo. No sólo daño físico. Interrupción de la capacidad de canalización.

Un mago alcanzado por un rayo bien aplicado no sólo sufre dolor — pierde acceso temporal, a veces permanente si la dosis es suficiente, a su propia reserva mágica. Drenaje de magicka.

Leí esa sección dos veces.

Cuando cerré el grimorio, el patrón estaba en mi mente con la misma claridad que mi propio nombre. No aprendido: instalado. Como si siempre hubiera estado ahí y el grimorio simplemente hubiera encontrado la llave correcta para abrirlo.

Guardé el libro en el interior de la túnica, contra el pecho, al lado de la poción. Me quedé de pie en el centro de la celda durante un momento, con los ojos cerrados, sintiendo el patrón nuevo vibrar en mis canales de magicka como una cuerda que acaba de ser afinada. La diferencia era perceptible: donde las Llamas eran expansión y calor, esto era tensión controlada, la diferencia entre empujar algo y tirar de ello con precisión quirúrgica.

Abrí los ojos.

El mago muerto en el rincón seguía en su posición. Semanas de gritar por conocimiento que acababa de pasar de sus páginas a mi cabeza en dos minutos y sin que los Thalmor hubieran podido hacer nada al respecto.

Lo contemplé durante exactamente tres segundos.

No sentí nada particular al respecto.

✦   ✦   ✦

La túnica requirió trabajo. La rigidez del cadáver había pasado ya por su fase aguda, pero las articulaciones no cooperaban de la manera que habrían cooperado en vida, y el espacio de la celda no era generoso. Lo hice con eficiencia y sin comentario interno sobre el proceso porque el proceso no merecía comentario. Era mecánica, no ritual.

Me desprendí de la túnica del mago de la celda original —la que había tomado durante el escape inicial, ya manchada de humo y de la polvareda de los derrumbes del bastión— y la dejé caer al suelo junto al cuerpo. Un intercambio. La vieja piel por la nueva.

La túnica de E.V. era, como había evaluado desde el primer momento, significativamente superior. El tejido era denso pero no pesado, con esa cualidad particular de ciertos materiales alquímicamente tratados que permite retener el calor corporal sin acumular el calor externo. Los bordados en el pecho y los hombros eran más elaborados de cerca que desde la distancia: no decoración, sino geometría de canalización construida directamente en la tela, el tipo de trabajo que requería un encantador de nivel medio-alto o un tiempo considerable y mucha paciencia.

La ceñí con el cinturón del guardia del corredor, que resultó ser de mejor cuero que el que yo había usado hasta ese momento.

La capucha caía de forma natural sobre la frente cuando se colocaba, creando exactamente el tipo de sombra que hace la mirada de alguien más difícil de leer para los demás. Efecto útil, posiblemente no intencional por parte del sastre original. No importaba la intención. El resultado era el resultado.

Me puse la capucha.

No había ningún espejo en una celda de interrogatorio imperial. Si lo hubiera habido, lo que habría visto era esto: un bretón de nariz recta y mandíbula definida que había entrado a este sótano vistiendo los harapos de un prisionero sin nombre y que salía con las túnicas de un mago cuyo conocimiento acababa de incorporar a su propia arquitectura mental. El mismo rostro. La misma mirada profunda que Hadvar había aprendido ya a no sostener demasiado tiempo de frente. Pero con una superficie diferente.

No transformación.

Reconocimiento.

Esto era más exacto.

✦   ✦   ✦

Extendí la mano derecha en el espacio libre de la celda, apuntando hacia la pared opuesta.

El patrón de las Chispas se activó con una inmediatez que las Llamas nunca habían tenido, y lo primero que noté fue la diferencia en la sensación de canalización: donde las Llamas tiraban de la magicka hacia afuera con esa expansividad de quien abre una compuerta, el rayo se organizaba antes de salir, se tensaba en los canales como un músculo antes del movimiento. Precisión previa a la liberación.

El arco eléctrico que salió de mi palma duró menos de un segundo —no quería gastar reserva sin necesidad— pero fue suficiente para trazar una línea azul-blanca en el aire y dejar una marca de carbonización del tamaño de mi puño en la piedra de la pared.

Sin dispersión lateral. Sin propagación no controlada.

Sólo el punto exacto donde yo había apuntado.

Costo: aproximadamente una décima parte de lo que habría costado una descarga equivalente de Llamas. El rayo es más eficiente en términos de reserva por unidad de daño aplicado. Ventaja táctica significativa para alguien en mi situación presupuestaria.

Cerré la mano. Salí de la celda.

✦   ✦   ✦

Hadvar estaba donde lo había dejado, apoyado contra la pared del corredor con la actitud de alguien que ha decidido que mirar en dirección a la celda tres no es algo que necesite hacer.

Me miró cuando salí.

Su mirada recorrió la túnica nueva, la capucha, el cinturón diferente. Procesó el cambio con la rapidez de alguien que lleva varias horas actualizando su modelo de quién soy yo a partir de evidencia acumulada.

No dijo nada sobre las ropas.

Dijo, en cambio: —¿Encontraste algo útil?

—Sí —respondí.

Lo cual era, en términos de exactitud descriptiva, la respuesta más precisa posible.

Hadvar asintió con ese movimiento particular de quien ha decidido que no necesita más detalles mientras las circunstancias generales se mantengan funcionales. Un pragmatismo que yo apreciaba. Un hombre que hace demasiadas preguntas sobre los métodos de sus aliados circunstanciales es un hombre que consume tiempo y energía que podrían aplicarse a los objetivos reales.

Miré el corredor hacia adelante. La salida que habíamos identificado en el nivel superior seguía siendo el destino. Los obstáculos entre aquí y allá eran los que eran.

Tenía fuego para los espacios cerrados. Tenía rayo para los magos y para cualquier objetivo que requiriera precisión sobre potencia bruta. Tenía a Hadvar como escudo en movimiento. Y tenía, instalado en mi mente con la claridad de una geometría perfecta, el patrón de un hechizo que un hombre había protegido durante semanas de interrogatorio thalmor y que ahora era mío sin que los Thalmor hubieran podido hacer nada al respecto.

—Vámonos —dije.

Eché a andar hacia adelante sin esperar respuesta.

Detrás de mí, en la celda tres, E.V. permanecía en su rincón en la posición que había elegido para terminar, con la pared de piedra contra la espalda y el conocimiento ya en otro lugar.

Las antorchas del corredor proyectaban mi sombra larga y estrecha hacia adelante, como si el suelo mismo estuviera indicando la dirección correcta.

Seguí la sombra.

«El conocimiento no pertenece a quien lo descubre. Pertenece a quien lo usa. El descubridor es, en el mejor de los casos, un custodio temporal. En el peor, un obstáculo entre el conocimiento y su propósito.»

— Diarios de Cesaeron, Año 4E 201
Próximamente

Capítulo IV · Depredadores y Plagas

Comentarios

Entradas más populares de este blog

Proyecto Prometheus - Capítulo 1 - Rutina fantasma

CESAERON - Sangre y Nigromancia - Capítulo I - La Variable Inesperada