CESAERON - Sangre y Nigromancia - Capítulo I - La Variable Inesperada

Crónicas de Sangre y Nigromancia

CESAERON

Libro Primero · Skyrim
Capítulo I

La Variable Inesperada

Existe una diferencia fundamental entre el miedo y el reconocimiento de un error. El primero es una respuesta visceral, primitiva, el tejido de los animales y los hombres que no han aprendido a distinguirse de ellos. El segundo es una herramienta.

Cuando el carruaje cruzó las colinas hacia Helgen, yo reconocía mi error.

Las maderas astilladas del vehículo olían a pino húmedo y a la sangre reseca de algún transporte anterior; el Imperio es descuidado con sus instrumentos cuando estos ya no le resultan útiles. Yo iba con las muñecas atadas frente a mí, observando los nudos con la misma atención clínica con que un cirujano examina una herida antes de decidir si merece el cauterio. Nudos competentes. No excelentes, pero sí suficientes para retener a quien tuviera la intención de forcejear. Yo no tenía esa intención. Forcejear es el lenguaje de quien no posee otro vocabulario.

Frente a mí, un nórdico de complexión considerable sollozaba en voz baja. A su lado, otro mantenía los ojos cerrados con esa expresión de fervorosa rendición que sólo se observa en los creyentes profundos o en los completamente rotos. No me molestaba identificar cuál era cuál. Junto a mí, Ulfric Tormenta de Manto permanecía en silencio con un trapo empapado en la boca —precaución razonable para un hombre que sabe usar las palabras como armas— y nos observaba a todos con esos ojos grises que calculaban distancias igual que yo.

Lo reconocí de inmediato. Vi que él también me reconocía, o más bien, que detectaba en mí la misma cualidad que yo percibía en él: la ausencia de pánico.

Los demás no eran relevantes.

✦   ✦   ✦

Mi error había sido de naturaleza informativa, no táctica. Había cruzado la frontera de Cyrodiil hacia Skyrim en el momento preciso en que la celada imperial se cerraba sobre la columna stormcloak. La emboscada, admito, había sido ejecutada con una limpieza que no esperaba del general Tullius —un hombre cuya reputación descansaba más en su obstinación que en su ingenio—, y yo había tenido la desgracia geográfica de encontrarme entre los capturados.

No había combatido. No había resistido. Había evaluado los números —treinta soldados imperiales contra siete guerreros nórdicos exhaustos y un bretón sin espada— y había tomado la única decisión lógica disponible: rendirme sin drama y esperar la oportunidad correcta.

Esa oportunidad no había llegado.

Reflexioné sobre esto mientras el carruaje descendía hacia el valle de Helgen. El error no estaba en la rendición —esa seguía siendo la decisión correcta en ese momento—, sino en la subestimación de la burocracia imperial. Había asumido que el proceso tendría etapas: captura, interrogatorio, clasificación, traslado formal a una celda donde el tiempo y la observación me permitirían identificar grietas en el sistema. En cambio, el Imperio, con esa eficiencia mecánica que tanto admiraba en teoría y tanto despreciaba en práctica, había saltado directamente al desenlace. Sin juicio. Sin clasificación. Sin el espacio que yo necesitaba para operar.

Corrección para el futuro: nunca subestimar la capacidad del Imperio para prescindir de sus propios procedimientos cuando la urgencia política lo requiere.

El nórdico que sollozaba dijo algo sobre su madre. Sobre una granja. Sobre que él no era un stormcloak, que había sido capturado por error, que alguien debía escucharle.

Nadie escuchó.

Lo estudié brevemente. Veintidós años, quizás veintitrés. Manos de labrador —nudillos amplios, palmas callosas— pero sin la musculatura de alguien que hubiera manejado un hacha en combate real. Decía la verdad, probablemente. La verdad, sin embargo, era en ese momento la variable menos útil disponible.

✦   ✦   ✦

Helgen se materializó ante nosotros como una herida en la roca: muros de piedra gris, el estandarte del dragón imperial colgando sin viento, soldados dispuestos en formaciones que comunicaban más hábito que vigilancia real. Una ciudad de frontera. Un lugar donde el Imperio ejercía su autoridad con la certeza de quien no espera ser cuestionado.

Vi al general Tullius de inmediato —la armadura, la postura, esa particular tensión en los hombros de quien lleva demasiado tiempo gestionando problemas que considera por debajo de su capacidad— y junto a él, una figura con capucha élfica que me resultó inmediatamente más interesante. Los Thalmor. Por supuesto. El Imperio no hacía nada en esta parte del mundo sin los ojos dorados de la Dominión posados sobre el proceso.

Descendimos del carruaje. El suelo de Helgen era tierra compactada por décadas de botas, manchado en varias secciones con colores que la lluvia no había conseguido borrar del todo. El tipo de manchas que deja el trabajo repetido.

Comenzó la lectura de nombres.

Observé la plaza con la misma atención sistemática con que habría estudiado un grimorio: el arco de madera donde el verdugo esperaba, la hoguera encendida con un propósito que no era el calor, la disposición de los guardias, los ángulos de escapatoria. Cinco salidas visibles. Tres obstruidas por soldados activos. Una —el callejón entre el almacén y el cuartel, al noroeste— con un solo guardia que miraba hacia el interior de la plaza y no hacia afuera.

Para uso futuro.

✦   ✦   ✦

Llamaron a Lokir, el de la granja. El hombre que había sollozado durante todo el trayecto descubrió de repente que el pánico podía transformarse en algo más útil: velocidad. Corrió. Los soldados levantaron los arcos con esa parsimonia de quienes han realizado el gesto mil veces, y tres flechas encontraron su espalda antes de que llegara a la puerta norte.

Lo observé caer con interés genuino. No por crueldad —la crueldad es una emoción, y las emociones son ruido— sino porque la caída confirmaba una variable: la distancia de reacción de los arqueros imperiales, la velocidad de sus blancos en movimiento, el ángulo de tiro desde las murallas. Todo información. Todo potencialmente útil.

Llamaron mi nombre. O más bien, llamaron "...y el resto", porque el Imperio tampoco había considerado necesario registrarme formalmente. Una pequeña ironía: podría haber argumentado que no pertenecía a esa lista. Pero Lokir había corrido, y los guardias estaban alerta, y la única moneda que yo poseía en ese momento era la invisibilidad que da pasar inadvertido.

Caminé hacia el bloque de ejecución con paso lento. Calculado. No el arrastre del condenado ni la marcha del mártir, sino el paso de alguien que está considerando opciones.

Las opciones eran escasas.

La capitana Aldis leyó mi nombre —"...desconocido, bretón"— con el hastío de quien completa un formulario. Alcé los ojos brevemente hacia el general Tullius. Era un hombre que no miraba a los que iba a matar; miraba más allá, hacia Ulfric, hacia el problema que sí consideraba digno de su atención. Lo noté. Un hombre que no mira a sus piezas menores raramente sabe cuándo esas piezas se mueven.

El verdugo era competente. La hoja del hacha había sido afilada esa mañana —podía verlo en el filo bajo la luz fría de Helgen— y mantenía las manos secas, relajadas. Profesional. Me arrodillé frente al bloque sin que nadie tuviera que empujarme.

La madera era fría contra la mejilla. Olía a serrín y a algo orgánico más oscuro, fermentado por el tiempo.

Examiné los nudos de mis muñecas por última vez. La fibra de la cuerda se había aflojado levemente durante el trayecto —la humedad de la mañana, la vibración constante del carruaje— no lo suficiente para librarme, pero sí para sugerir que con cuatro o cinco minutos de trabajo paciente podría haberme desatado. Cuatro o cinco minutos que no tenía.

Error número dos: las cuerdas correctas se aflojan. Nunca asumir que una restricción es permanente sin verificar su estado actual.

El verdugo alzó el hacha.

Pensé, con la serenidad analítica que sólo da haber aceptado completamente una situación, que morir en Helgen era el error más costoso que había cometido hasta la fecha. No por el valor que yo asignaba a mi propia vida —ese cálculo era complicado y no merecía el tiempo restante— sino por todo lo que aún no había aprendido. Los grimorios que no había leído. Los nombres que aún no conocía. El poder que permanecía sin reclamar, esperando a alguien lo suficientemente frío para extender la mano.

Una lástima genuina.

Una lástima puramente intelectual, pero genuina.

✦   ✦   ✦

El rugido llegó antes de que entendiera de dónde venía.

No el rugido de un animal —eso lo habría clasificado de inmediato— sino algo más profundo, más estructural, como si la propia geografía de Helgen estuviera cambiando de opinión sobre su disposición a existir. Las piedras del muro norte vibraron. Vi caer polvo de las almenas. Vi a tres soldados mirar hacia arriba con esa expresión particular de quienes reciben información que su mente no tiene categoría para procesar.

Y entonces lo vi.

La criatura descendió desde las nubes del este con una geometría que violaba lo que yo sabía sobre el movimiento de los seres vivos. No planeaba, no batía las alas en el ritmo predecible de un halcón o un águila —avanzaba, con la certeza impasible de algo que no había tenido necesidad de considerar nunca si el mundo cooperaría con su desplazamiento. Escamas negras como carbón mojado. Envergadura que oscurecía el sol durante los segundos de su paso. Ojos —alcancé a verlos un instante, amarillos como ámbar quemado— que no miraban a nadie en particular y, por esa misma razón, miraban a todos.

El verdugo dejó caer el hacha. No sobre mí —su concentración se había disuelto en el instante que la criatura aterrizó en la torre norte con un impacto que hizo vibrar el suelo bajo mis rodillas— sino hacia un lado, sin propósito, el gesto de alguien cuyos sistemas de respuesta habían colapsado bajo la carga de lo incomprensible.

Alcé la vista desde el bloque.

El dragón —porque eso era, aunque la palabra sonara a mitología más que a taxonomía— abrió las fauces y pronunció algo. No un rugido. Una palabra. Una sola sílaba que no pertenecía a ningún idioma que yo hubiera estudiado y que, sin embargo, tenía gramática, tenía sintaxis, tenía el peso específico de algo que el mundo estaba obligado a obedecer.

La onda de fuego que siguió transformó tres soldados imperiales en antorchas vivientes en el tiempo que tarda un párpado en cerrarse.

El olor llegó casi al mismo tiempo: carne chamuscada y el particular tufo dulzón del cabello al arder, una combinación que el cerebro humano está diseñado para registrar como señal de alarma máxima y que yo registré, con cierto esfuerzo deliberado, como información objetiva.

Temperatura del fuego: consistente con el aliento de criatura mágica de clase superior. Área de efecto: aproximadamente cuatro metros de radio. Tiempo de exposición necesario para muerte instantánea: menos de dos segundos.

Me incorporé.

Mis manos seguían atadas. Eso era un inconveniente, no un obstáculo.

✦   ✦   ✦

Hadvar me encontró —o más bien, yo me aseguré de que Hadvar me encontrara— cuando el soldado imperial cruzó la plaza corriendo en la dirección correcta. Lo había observado antes durante la lectura de nombres: joven para su rango, nórdico de mandíbula amplia, con esa particular combinación de competencia física y sentido del deber que hace a ciertas personas extraordinariamente predecibles y, por esa misma razón, extraordinariamente útiles.

Un hombre con sentido del deber no abandona a los prisioneros atados cuando hay tiempo para cortarles las cuerdas.

Calculé el ángulo, me desplacé dos pasos hacia su trayectoria, y lo miré directamente cuando él pasó.

Se detuvo. Como yo sabía que haría.

—¿Puedes correr? —preguntó, con el cuchillo ya en la mano.

—Si me desatas, sí —respondí. Sin urgencia en la voz. Sin el temblor que él probablemente esperaba.

Frunció el ceño brevemente —algo en mi tono lo desconcertó, aunque no supo identificar qué— y cortó la cuerda. La fibra cedió con un sonido seco, casi decepcionante para un momento que, en otra narrativa, habría sido dramático.

Mis manos quedaron libres.

Flexioné los dedos. Sentí el hormigueo del retorno circulatorio con la misma indiferencia clínica con que se nota una molestia menor.

—Sígueme —dijo Hadvar, y echó a correr hacia la torre del bastión imperial.

Lo seguí. No porque me lo hubiera ordenado —las órdenes requieren una jerarquía que yo no había aceptado— sino porque su vector de escape era, en ese momento, el más lógico disponible. El bastión imperial estaría construido para resistir asedios. Tendría múltiples salidas. Y Hadvar, como soldado familiarizado con la estructura, sería un mapa viviente más eficiente que cualquier plano que yo pudiera encontrar.

Una herramienta. Un escudo de hierro que caminaba sobre sus propias piernas.

El dragón rugió a nuestras espaldas. Escuché el crepitar de otra descarga de fuego, el colapso de una viga, el grito corto y definitivo de alguien que ya no tendría más gritos.

No volví la cabeza.

Cruzamos el umbral del bastión.

La puerta de madera gruesa se cerró detrás de nosotros, y por un instante —un solo instante, medible en décimas de segundo— el caos quedó del otro lado del muro, y lo que quedó fue silencio relativo, olor a antorchas de aceite, y la extraña quietud de un interior que todavía no sabía que el mundo exterior había cambiado de reglas.

Miré mis manos libres.

Miré a Hadvar, que jadeaba y revisaba la puerta con la atención de alguien cuya adrenalina todavía no había encontrado otro destino.

Tomé nota de la geometría del lugar: una sala de guardia, escaleras al fondo, una mesa con los restos de una comida interrumpida, una armadura de hierro colgada en la pared con su correspondiente espada.

Inventario del momento: sin magia disponible, sin armas, sin identificación, sin contactos en Skyrim. Con: dos manos funcionales, un soldado leal que cree que me salvó, y una criatura de poder incalculable que acaba de eliminar la guarnición que me iba a ejecutar.

Consideré ese último punto con algo que, si yo hubiera sido una persona diferente, podría haber llamado satisfacción.

La variable inesperada había reescrito el tablero completo.

No lo había planeado. Pero el primer principio de cualquier estrategia competente no es predecir todos los resultados posibles —eso es vanidad matemática— sino estar en posición de aprovechar los resultados que no predijiste.

Yo estaba vivo.

Helgen ardía.

Y en algún lugar dentro de ese bastión, entre el humo y el desorden y los muertos que el Imperio todavía no había tenido tiempo de contar, esperaba el siguiente paso.

Comenzaría con información.

Siempre comenzaba con información.

«Los hombres temen a la muerte como a un extraño. Yo la trato como a una colega de trabajo: respetable, predecible, y útil cuando se dirige hacia otros.»

— Diarios de Cesaeron, entrada sin fecha
Próximamente

Capítulo II · El Escudo de Hierro

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