CESAERON - Sangre y Nigromancia - Capítulo II - El Escudo de Hierro

Crónicas de Sangre y Nigromancia

CESAERON

Libro Primero · Skyrim
Capítulo II

El Escudo de Hierro

El bastión olía a tiempo detenido.

Piedra húmeda, aceite de antorcha quemándose desde hacía horas sin que nadie lo repusiera, y por debajo de todo eso —penetrando por las grietas de la mampostería como un rumor— el humo del dragón. No era el humo de la madera ardiendo. Era algo más denso, más mineral, como si la criatura hubiera quemado la propia composición química del aire exterior y los residuos buscaran ahora refugio en los pulmones de quienes habíamos tenido la suficiente cordura para ponernos bajo techo.

Tomé nota de eso también: el humo del dragón se filtraba hacia dentro. El bastión no era un refugio, era una trampa con techo.

Hadvar se detuvo en el centro de la sala de guardia, apoyó una mano en la mesa de madera astillada, y respiró durante cuatro segundos con la boca abierta. El tipo de respiración que hacen los hombres que han entrenado su cuerpo para recuperarse rápido y que aun así se encuentran al límite de lo que el entrenamiento puede cubrir. Lo observé. Sus hombros caían ligeramente hacia adelante. La mano sobre la mesa ejercía más peso del que él probablemente admitía. Útil saberlo.

Yo, por mi parte, tenía hambre.

No el hambre abstracta de quien ha saltado una comida, sino la variante específica y despiadada que aparece cuando el cuerpo ha quemado sus reservas y empieza a comunicar su descontento a través de los canales más directos disponibles: un dolor sordo y persistente debajo del esternón, un temblor fino en las manos que yo reprimía con consciencia activa, y una claridad mental que paradójicamente se volvía más afilada con cada hora sin comer —el último recurso fisiológico del organismo antes de comenzar a doblarse sobre sí mismo.

También tenía frío. Las túnicas del mago muerto eran de calidad razonable —lana tratada con algún proceso que desconocía, bordados en los puños que sugerían cierta posición académica, aunque modesta— pero habían sido confeccionadas para alguien de constitución más ancha que la mía y la tela sobrante creaba corrientes de aire en los lugares más inconvenientes. Me las había ceñido con el cinturón del mismo cadáver, una solución funcional si no elegante.

El cinturón todavía olía al hombre que lo había usado. Un olor particular: sudor viejo, algo alcanforado que probablemente era algún repelente de insectos de uso mágico, y por debajo, el tufo inconfundible de la muerte reciente. Me había acostumbrado a ese olor en aproximadamente tres minutos. El olfato es adaptable cuando la alternativa es la distracción.

Me moví hacia la mesa con naturalidad, como si fuera en esa dirección de todas formas. Sobre ella, entre los restos de la comida interrumpida —pan duro, un trozo de queso que alguien había mordido y dejado, una jarra de metal volcada— había un pequeño frasco de vidrio azul.

Una poción de magicka menor. Estándar, de producción alquímica básica, el tipo que se distribuye en provisiones imperiales para los magos de baja graduación. Suficiente para reponer aproximadamente un tercio de mi reserva. Me la guardé en el interior de la túnica, en el bolsillo lateral que alguien había cosido con hilo rojo, sin hacer ningún gesto que llamara la atención de Hadvar.

También cogí el queso.

Me lo comí en tres bocados mientras Hadvar revisaba su espada.

El sabor era irrelevante.

✦   ✦   ✦

—Hay más guardias ahí dentro —dijo Hadvar, señalando las escaleras al fondo—. Stormcloaks.

Asentí sin comentar nada. Mis pensamientos en ese momento no eran sobre los stormcloaks en particular, sino sobre la disposición física de la sala: una puerta al norte que crujía ligeramente —bisagra izquierda, desgastada—, las escaleras descendentes al este que llevaban probablemente a las mazmorras inferiores, y la armadura de hierro en la pared junto a un banco con casco y grebas adicionales.

La primera emboscada llegó en el corredor que bajaba hacia la bodega.

Dos stormcloaks. Uno con hacha, uno con escudo y espada corta. Posición defensiva, lo que significaba que habían escuchado nuestros pasos y habían tenido tiempo de prepararse. Ventaja táctica para ellos: terreno conocido, posición elevada en el corredor descendente, motivación ideológica que en el corto plazo sustituye con eficiencia al entrenamiento formal.

Hadvar no dudó. Eso era lo que yo había identificado en él como su cualidad más valiosa: la ausencia de parálisis analítica en el momento del contacto. Cargó hacia el primero —el del hacha— con el escudo levantado y absorbió el golpe en la madera reforzada con un impacto que resonó en las paredes de piedra como un disparo. El ruido en ese espacio cerrado era físicamente molesto.

Los espacios cerrados amplifican el sonido del combate. Cualquier stormcloak dentro del rango auditivo conocerá nuestra posición con precisión casi inmediata.

Me coloqué en el umbral del corredor.

No entré al espacio estrecho. Entrar al espacio estrecho era exactamente lo que alguien sin escudo y con recursos mágicos limitados no debía hacer bajo ninguna circunstancia. Desde el umbral tenía ángulo sobre el segundo combatiente —el del escudo— que en ese momento circulaba alrededor de Hadvar buscando el flanco.

Extendí la mano derecha.

Las Llamas son el hechizo más básico del repertorio destructor. Los instructores de los Colegios las enseñan en las primeras semanas precisamente porque no requieren concentración compleja: es esencialmente la canalización directa de magicka hacia la producción de calor sostenido. Ninguna elegancia. Ninguna sofisticación. Pero en un corredor de piedra sin ventilación, a cuatro metros de distancia, sobre un blanco que no me estaba mirando —

El chorro de llamas alcanzó al stormcloak del escudo en el costado derecho, en el espacio entre el borde del escudo y la cota de malla. La tela interior ardió antes que el metal, naturalmente. El hombre dio un paso lateral, desorientado por el dolor, y Hadvar —que había terminado con el primero mientras yo gestionaba al segundo— lo remató con una estocada que fue más competente que elegante pero que cumplió su función.

Solté el hechizo.

Había durado aproximadamente cuatro segundos. El costo en magicka era perceptible: como abrir un grifo y sentir la presión caer. No crítico, pero sí anotado. El corredor olía ahora a tela quemada y a algo más específico: el olor del tejido subcutáneo cuando la temperatura alcanza el umbral de la coagulación proteínica. Es un olor que permanece en las fosas nasales durante horas.

Hadvar me miró brevemente. Una evaluación. Estaba recalibrando su modelo de quién era yo y qué podía hacer.

—Bien hecho —dijo. Dos palabras. Económico. Funcional.

—Sigue —respondí.

✦   ✦   ✦

Me detuve junto a los cuerpos exactamente el tiempo necesario.

No es una práctica que requiera justificación moral cuando el marco de referencia correcto es el de la supervivencia en un bastión colapsándose sobre sí mismo. Los stormcloaks no necesitaban sus pertenencias. Yo sí. La aritmética era simple.

El del hacha llevaba una bolsa pequeña con doce septims y un fragmento de pan negro que ya no era fresco pero que guardé sin vacilación. El del escudo tenía una segunda poción —esta vez de salud, sellada con cera roja— y un cuchillo de combate con el filo más razonable que el hacha. Me quedé con la poción y el cuchillo. El hacha era demasiado pesada para mi complexión y requería un tipo de musculatura en el antebrazo que yo no tenía ni planeaba desarrollar a corto plazo.

Me comí el pan en el corredor mientras Hadvar miraba hacia adelante.

Hadvar no comentó nada sobre lo que acababa de hacer. Un hombre con principios rígidos habría dicho algo —sobre el respeto a los caídos, sobre la dignidad del guerrero derrotado—. Hadvar no dijo nada. Lo que significaba que o bien sus principios eran lo suficientemente flexibles para acomodar la pragmática de la supervivencia, o bien estaba demasiado ocupado procesando su propio estado físico para gastar palabras en el comportamiento de un extraño al que acababa de conocer hace menos de veinte minutos.

Cualquiera de las dos opciones lo hacía más útil.

✦   ✦   ✦

El bastión descendía.

Eso era lo que yo no había anticipado completamente: el complejo no era simplemente horizontal, sino que tenía una arquitectura de capas que se hundía hacia la roca base del promontorio sobre el que estaba construido Helgen. Mazmorras debajo de la bodega. Cisternas de agua debajo de las mazmorras. Y probablemente, en algún punto suficientemente profundo, una salida que no diera directamente al patio donde el dragón todavía operaba con libertad geográfica completa.

Esa salida era el objetivo. Todo lo demás era gestión de obstáculos.

Los obstáculos, en el segundo nivel, incluían una reja de hierro bloqueando el pasaje hacia el nivel inferior, con la palanca en el lado equivocado. La reja era hierro sólido de calibre institucional —el tipo que no cede a la fuerza física sin herramientas adecuadas—. No había herramientas adecuadas disponibles.

—¿Hay otra ruta? —pregunté.

Hadvar pensó durante un momento. —Hay una pasarela superior. Pasa por encima de la bodega. Pero tendremos que cruzar por donde estaban los prisioneros.

Los prisioneros stormcloaks. Más combate en espacios cerrados. Más costo en magicka que yo no tenía presupuesto para gastar libremente.

—¿Cuántos?

—No lo sé. Dos, quizás cuatro.

—Pasarela —dije.

✦   ✦   ✦

El cansancio empezó a manifestarse de forma concreta alrededor de lo que yo estimaba era la segunda hora de movimiento dentro del bastión.

No era un cansancio nuevo —llevaba más de un día en ese estado, desde la captura, el trayecto en carruaje, la espera en la plaza de Helgen— sino el tipo que alcanza un umbral donde ya no puede ser ignorado por el mecanismo de la concentración activa. Se manifestaba primero en los muslos: una pesadez que recordaba a cargar peso sin ser peso, como si la gravedad hubiera decidido aumentar sus pretensiones específicamente sobre esa parte de mi anatomía. Luego en los ojos: una hiperconcentración periférica que consume más recursos de los normales.

El cerebro compensa el cansancio físico con vigilancia aumentada. Mecanismo de supervivencia excelente a corto plazo. Profundamente dañino a medio plazo.

Lo registré. Tomé la decisión consciente de no actuar sobre ello. El bastión no era un lugar donde el descanso era una opción negociable.

La pasarela superior era una estructura de madera empotrada en la piedra —el tipo de construcción improvisada que se añade a un edificio existente cuando la función original requiere modificación— y crujía bajo nuestro peso con una sinceridad que no era tranquilizadora. Por debajo, a través de las tablas separadas por años de uso, podía verse el nivel inferior: piedra oscura, el brillo de antorchas que alguien había encendido hacía horas y que nadie había apagado.

Los dos stormcloaks estaban al final de la pasarela. No nos habían visto todavía. Estaban en conversación —discutían algo en voz baja, el tono de dos hombres que no se ponen de acuerdo sobre qué hacer a continuación—. El contenido era irrelevante.

Lo que era relevante era que estaban distraídos, que la pasarela crujía con cada paso nuestro, y que la distancia entre nuestra posición y la suya era de aproximadamente doce metros.

Me detuve. Puse una mano en el hombro de Hadvar. Él se detuvo también, entrenado para responder a señales táctiles. Bien.

El de la izquierda llevaba arco a la espalda —arquero en posición de descanso, tiempo de respuesta estimado para encordar y disparar: entre cinco y ocho segundos—. El de la derecha, espada en la vaina.

Si Hadvar carga primero, el arquero tiene tiempo de reaccionar. Si disparo primero sobre el arquero, Hadvar gestiona al de la espada antes de que éste levante la hoja.

Le expliqué el plan a Hadvar en no más de doce palabras, en voz muy baja. Él procesó la información en el tiempo que tarda un soldado entrenado en entender un plan simple. Asintió.

Extendí la mano derecha.

El problema de las Llamas en un espacio de madera sobre bodegas posiblemente llenas de provisiones inflamables era obvio. Lo había considerado. La solución era la precisión: ráfaga corta, dos segundos máximo, objetivo específico, corte inmediato del hechizo en cuanto el blanco dejara de ser la amenaza prioritaria.

Disparé sobre el arquero.

El hechizo lo alcanzó en el pecho antes de que girara del todo. El segundo de la espada reaccionó exactamente como había previsto —sobresalto, extracción del arma, giro hacia nosotros— y Hadvar ya estaba en movimiento, cubriendo los doce metros con esa velocidad de carga que hace a los guerreros nórdicos físicamente incómodos en un combate de pasillo.

El intercambio duró menos de veinte segundos.

Cuando terminó, la pasarela olía a madera quemada y había una pequeña marca negra en las tablas donde la ráfaga había rozado la superficie al pasar. La madera no había prendido. Margen razonable.

Solté el aire que había estado conteniendo sin darme cuenta.

Me detuve junto a los cuerpos. Esta vez Hadvar me observó más directamente mientras yo revisaba el equipamiento. No dijo nada. Pero su mirada era la de alguien actualizando un modelo. El arquero llevaba quince flechas que no me servían, tres septims, y una nota personal sin utilidad táctica. La dejé donde estaba. El de la espada llevaba una segunda poción de magicka —suerte objetiva, no esperada— y un par de guantes de cuero significativamente mejores para el frío que comenzaba a filtrarse desde los niveles inferiores.

Me puse los guantes.

—¿Tienes familia en Rorikstead? —preguntó Hadvar de repente.

La pregunta era un intento de establecer conversación. De humanizarme dentro de su modelo. Hadvar era el tipo de hombre que necesita conocer a las personas con quienes trabaja —no por desconfianza, sino porque su estructura emocional requiere un marco narrativo para funcionar con comodidad.

Lo consideré. Mentir era la opción más eficiente. Una historia de origen simple, coherente, que respondiera a sus necesidades narrativas sin comprometer ninguna variable táctica. Pero la verdad, en ese caso, era suficientemente neutra.

—No —dije.

Hadvar asintió como si eso explicara algo sobre mí.

Quizás lo hacía.

✦   ✦   ✦

La salida apareció donde la lógica arquitectónica sugería que debía estar: en el nivel más bajo del bastión, detrás de una cisterna de agua que había perdido la mitad de su contenido por una grieta reciente en la piedra —el impacto del dragón en el exterior había reajustado la geología del promontorio de formas que los constructores imperiales no habían contemplado— y a través de un pasaje que olía a tierra mojada y a musgo.

Tierra mojada y musgo significaban salida al exterior natural.

Antes de cruzar ese umbral, me detuve un momento. No fue una pausa sentimental. Fue un inventario.

Estado físico: hambre en nivel cuatro de ocho. Fatiga en nivel cinco. Magicka: aproximadamente cuarenta por ciento de capacidad, con la poción de reserva capaz de llevarla a un sesenta y cinco en caso de emergencia. Recursos: dos pociones de salud, una de magicka. Un cuchillo. Veintisiete septims. Las ropas de un mago muerto que no me van a la medida.

Estado estratégico: un soldado imperial de nombre Hadvar que cree, con la sinceridad propia de alguien que no ha tenido tiempo de examinar los detalles, que soy un ciudadano inocente capturado por error. Esa creencia es un activo. Mientras me sea útil mantenerla, la mantendré.

El Imperio como herramienta. Hadvar como escudo.

No porque lo apreciara —aunque la competencia tiene su propio tipo de valor objetivo y Hadvar era objetivamente competente— sino porque en el tablero actual yo era la pieza con menos movilidad disponible, y las piezas con poca movilidad no sobreviven solas.

Las que sobreviven son las que identifican, a tiempo, qué otras piezas pueden moverse en su lugar.

Crucé el umbral hacia el exterior.

El aire de Skyrim entró en mis pulmones como algo casi insultante en su temperatura, limpio y cortante y completamente indiferente a lo que acababa de ocurrir en Helgen a mis espaldas. Parpadeé bajo la luz gris del cielo nublado. Detrás de mí, el bastión seguía en pie, aunque con menos certeza estructural que antes.

Delante, un camino de tierra que descendía hacia el valle.

Y más allá, en algún punto que la geografía todavía no me revelaba, los recursos que necesitaba para dejar de ser una pieza reactiva en el tablero de otro.

Eché a caminar.

El hambre seguía ahí.

La ignoré.

«Un escudo de hierro es más valioso que cualquier aliado. El escudo no negocia, no traiciona, no pide nada a cambio. Sólo absorbe el daño que de otro modo sería mío. Que tenga nombre propio es un detalle menor.»

— Diarios de Cesaeron, Año 4E 201
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