Crónica de Harzar - Capítulo 1
Crónica de Harzar
Capítulo 1
"En el principio había silencio… Un silencio tan largo y profundo que cortaba hasta el hueso."
No se sabe con exactitud cuántos eran. Treinta, quizá cuarenta. Hombres, mujeres, niños. Todos reunidos en torno al círculo de piedras que alguien, en algún momento anterior a lo sabido hasta el momento, había dispuesto en el centro de ese valle.
El lugar no tenía nombre. Ellos tampoco.
Tampoco había conciencia de la importancia de registrar el paso del tiempo. Hasta ese día.
Comían lo que encontraban. Dormían donde caía la noche. Algunos hablaban, pero sus palabras eran órdenes breves, insultos, advertencias. Nada más. No había relatos. No había preguntas. Solo hambre, frío y el peso del día siguiente.
Entonces llegó ella.
Tzerya, la llamaban los ancianos y los más sabios. Fue al ocultarse el dios sol por tercera vez luego del nuevo cambio de la diosa luna. Yo apenas podría cargar una piedra del tamaño de mi huesudo pecho, aún sin pelo de hombre sabio. No lo recuerdo con certeza. Estaba sentado cerca del fuego cuando la vi descender por la ladera, cargando sobre los hombros el cuerpo de una bestia de rica carne, ya crecida a lo más que pueden llegar a crecer esas bestias. Probablemente tenía cría que moriría por la ausencia de su madre. Caminaba despacio, sin prisa, como si hubiera recorrido el mismo camino antes muchas veces.
No pedía paso. Simplemente avanzaba.
Varios hombres se levantaron. Uno de ellos, el más grande del grupo, dio dos pasos hacia ella con la lanza en alto. Ella no se detuvo. Lo miró una sola vez, directamente a los ojos, y él bajó el arma. Nadie supo qué vio en esa mirada. Pero no volvió a levantarla.
Cuando llegó al círculo, dejó el animal en el suelo, cerca del fuego. Nadie habló. Ella tampoco.
Se sentó en una de las piedras exteriores y esperó.
Fue entonces cuando una de las mujeres más viejas del grupo, una que apenas hablaba y que pasaba los días mordiendo raíces secas, levantó la vista y dijo en voz baja, como si hablara consigo misma:
—Tzerya…
Nadie preguntó qué significaba. Pero desde ese momento, así la llamaron.
La anciana se sentó junto al fuego sin mirarla directamente y añadió, con un tono que no era explicación ni profecía, sino simple afirmación:
—La niebla no se abrió para dejarla pasar. La parió.
Varios asintieron en silencio. No porque lo entendieran, sino porque la frase tenía peso. Y en aquel tiempo, el peso era suficiente.
Tzerya no daba órdenes. No gritaba. No amenazaba.
Pero cuando hablaba, las cosas cambiaban.
Al segundo día de su llegada, dos hombres peleaban por un puñado de raíces podridas. Se golpeaban con piedras, gritaban, se tiraban al suelo. El resto miraba. Algunos apostaban. Nadie intervenía.
Ella se levantó, caminó hacia ellos y se arrodilló entre ambos. No los separó. Simplemente frotó dos piedras entre sus manos, con movimientos lentos y precisos, hasta que una chispa cayó sobre un manojo de hierba seca que había recogido del suelo.
Sopló.
Y así nació el fuego en Yenah.
Los dos hombres dejaron de pelear y la miraron. Ella no dijo nada. Solo puso las raíces cerca de las llamas y esperó a que se calentaran. Luego las partió en dos y les dio una mitad a cada uno.
No volvieron a pelear.
A los pocos días, una mujer comenzó a gritar en la oscuridad. Estaba pariendo. Algunas mujeres la rodeaban, pero no sabían qué hacer. Gritaban con ella, la sujetaban, lloraban.
Tzerya se acercó. Las apartó con calma, ayudó a la mujer a ponerse de pie, apoyada contra una roca, y le puso una lanza en la mano izquierda.
—Aprieta los dientes —le dijo—. Mira adelante. No cierres los ojos.
La mujer obedeció. Empujó. Gritó. Pero no se cayó.
Cuando el niño nació, Tzerya lo levantó del suelo, lo limpió con agua del arroyo cercano y se lo entregó a la madre.
—Así se pare —dijo—. De pie. Con los ojos abiertos.
Desde entonces, así lo hicieron todas.
Yo la seguí desde el principio.
No recuerdo haber tomado esa decisión. Simplemente estaba detrás de ella, mirando lo que hacía, escuchando lo que decía. Cuando se movía, yo me movía. Cuando se detenía, yo esperaba.
Algunos dijeron que eran hermanos. Otros, que eran amantes. Una anciana dijo una vez, sin que nadie le preguntara:
—Ese niño es su memoria.
No sé si era cierto. Pero desde entonces, me asumí como tal.
Repetí cada cosa que vi. Cada palabra que escuché. Lo hice durante muchos ciclos de la diosa luna, hasta que las palabras se volvieron relato, y el relato se volvió crónica.
Por eso todavía se dice:
Tzerya, la Clara por su piel,
primera del Velo,
fundadora del círculo de Harzar,
desafiadora del Sol.
Dicen los viejos: la que camina con fuego no pide paso.
Ese día, cuando el dios sol cayó detrás de las montañas, todo lo demás comenzó.
"Cuando el círculo se cerró con piedra y pantano, supimos que habíamos fundado algo más que un refugio."
El nombre del asentamiento —Yenah, en la lengua que todavía no tenía forma escrita— significaba "vientre que no olvida". Mucho tiempo después, cuando los sacerdotes llegaron con sus propias palabras y sus propios dioses, prohibieron su uso. Pero para entonces ya había sido pronunciado tantas veces que ningún decreto pudo borrarlo de la memoria.
Fue Tzerya la Clara quien eligió el altozano de la niebla para plantar el corazón del clan. Y fue ella quien envió a su hermano, Kael, hacia afuera.
—No vayas solo —le dijo—. Elige hombres distintos entre sí. El territorio exige más de una forma de mirar.
Así tomé a cinco.
Dragan el del Hombro Rojo fue el primero. Tenía una cicatriz profunda que le atravesaba el hombro derecho, herencia de una bestia de colmillos que casi lo mata dos inviernos antes. Era fuerte, de brazos que no cedían fácil, pero había aprendido que la fuerza sin paciencia solo trae más cicatrices. Hablaba poco. Pensaba menos. Pero cuando decidía actuar, lo hacía hasta el final.
Ilian el Callado era distinto. Hijo de una mujer que había perdido la razón después de ver morir a sus otros tres hijos, Ilian había aprendido a observar antes de hablar. Veía antes que todos. Notaba el rastro donde otros solo veían tierra. No era el más rápido ni el más fuerte, pero era el que menos se equivocaba.
Noktar el Roto no tenía dientes arriba. Se los había arrancado él mismo, decía, para no morder la lengua de los muertos cuando hablaban a través de él. Nadie sabía si era cierto, pero todos lo escuchaban cuando hablaba de señales, de sueños, de advertencias. Era molesto con sus supersticiones, pero en un mundo donde todo podía matarte sin previo aviso, la superstición también era una forma de sobrevivir.
Yol el de las Hierbas conocía el agua mejor que nadie. Sabía dónde encontrarla, cómo limpiarla, qué raíces se podían comer y cuáles mataban en silencio. Era amante de Heralta —o al menos eso decían—, aunque ninguno de los dos lo confirmaba ni lo negaba. Llevaba siempre una vasija de barro al hombro, llena de remedios que olían a tierra húmeda y resina.
Zer el Flaco era el más joven del grupo después de mí. Discreto, callado, siempre el último en retirarse. No sé por qué lo elegí. Quizá porque me recordaba a mí mismo: alguien que todavía no sabía bien quién era, pero que estaba dispuesto a averiguarlo.
Recuerdo el primer descanso. Sus voces ya eran un coro conocido:
—¿Cuánto pesa esta lanza? —dijo Dragan, sacudiéndola como si midiera paciencia más que fuerza.
—Lo suficiente para atravesar tu silencio —respondió Ilian sin levantar la vista.
—Si Tzerya me lo ordena, mataré hombres por menos que eso —dijo Noktar—. Y lo haría incluso sin que me lo ordenara.
—Mientras tanto, necesitamos agua antes que cadáveres —dijo Yol, sin dejar de caminar.
Dragan soltó una risa breve. Noktar escupió al suelo.
Zer cortó la conversación con un gesto:
—El camino no espera. Ni la mujer que nos manda.
Atravesaron el arroyo del nacimiento, un hilo helado que partía lo conocido de lo desconocido. El agua les llegaba apenas por encima de los tobillos, pero el frío entumecía los pies casi al instante. Dragan fue el primero en cruzar, con la lanza en alto. Los demás lo siguieron en fila, sin hablar.
Recuerdo que al otro lado miré atrás. Yenah ya no se veía. Solo la línea de humo del fuego, delgada como un cabello, flotando contra el cielo. Pensé en mi hermana. Pensé en lo que diría si volvía sin nada. O si no volvía.
El terreno cambió. Las piedras se volvieron más grandes, más afiladas. El pasto desapareció y fue reemplazado por tierra seca, agrietada, que crujía bajo los pies. El sol del mediodía caía vertical, sin sombra, sin piedad.
—Deberíamos haber traído más agua —dijo Zer, mirando su vasija medio vacía.
—Deberíamos haber traído menos quejas —respondió Dragan, sin detenerse.
Yol señaló hacia el poniente:
—Allí hay algo.
Al poniente, una colina extraña. En su ladera, un fragmento brillante asomaba como un ojo abierto. El brillo no era como el del sol en el agua. Era frío. Firme. Como si estuviera mirándolos.
Se acercaron despacio.
—Es escarcha petrificada —dijo Ilian, agachándose sin tocarlo.
—Es diente de bestia —aventuró Noktar.
Yol negó con la cabeza, con voz más grave que de costumbre:
—Es hueso de dios.
No lo tocamos. No sé por qué. Pero nadie extendió la mano. Había algo en ese brillo que no invitaba. Que advertía.
—¿Volvemos con esto? —preguntó Zer, mirándome directamente.
Sentí el peso de su pregunta. Sentí el peso de todas las miradas. Yo era el hermano de Tzerya. El que ella había elegido para ir adelante. Si decía "sí", tendríamos algo que mostrar. Pero también tendríamos que explicar por qué no había más. Y ella esperaba más.
—Seguimos —dije.
Nadie objetó.
Subieron por terreno irregular durante lo que pareció medio día. Las piernas ardían. El sol seguía cayendo sin misericordia. Noktar empezó a murmurar algo sobre señales, sobre direcciones prohibidas. Dragan le dijo que se callara. Noktar no se calló.
Desde lo alto de una roca grande, Ilian señaló hacia el norte:
—Allá.
Más allá, la montaña nevada se levantaba blanca como piel de recién nacida, tan alta que parecía no tener fin. El aire cerca de ella debía ser distinto, pensé. Más frío. Más limpio. A su sombra, otra montaña más baja mostraba vetas amarillas que brillaban con la luz del sol.
—Esa es Ghar'Ro, la garganta dormida —dijo Noktar, con tono de quien cuenta algo que no debería contarse—. Dicen que los dioses la usaron para vomitar luz.
—¿Quién lo dice? —preguntó Yol.
—Los que vivieron para contarlo.
—¿Y cuántos fueron?
Noktar no respondió.
Bajaron hacia el sur, siguiendo el rastro del agua que Yol juraba poder oler. Y tenía razón. Al sur, rodeado de verde intenso, apareció un lago. El Oasis de Latzur. El agua era clara, quieta, rodeada de árboles bajos y hierba alta.
Pero algo no estaba bien.
Ilian lo notó primero:
—No hay huellas.
Tenía razón. La tierra alrededor del lago estaba intacta. Ninguna bestia había bebido allí. O al menos, ninguna lo había hecho recientemente.
—Las bestias beben —dijo Dragan—. Siempre beben.
—A menos que sepan algo que nosotros no —respondió Ilian.
Observé el lago. Observé el cielo reflejado en el agua. Y entendí lo que Ilian había visto: ninguna bestia bebía de ese lugar sin mirar primero hacia arriba. Porque algo venía desde arriba.
—No bebemos de ahí —dije.
Noktar asintió. Por una vez, estuvo de acuerdo sin discutir.
Siguieron hacia el oriente. El terreno se abrió en praderas amplias, ondulantes, donde el viento soplaba sin obstáculos. Era hermoso. Pero también expuesto. Cualquiera que quisiera verlos, podía hacerlo desde lejos.
Y entonces la vieron.
Otra colina que brillaba.
—Otro hueso de dios —murmuró Ilian.
—O alguien nos vigila —dijo Dragan, tocando la lanza con gesto instintivo.
Sentí lo mismo que él. La sensación de ser observado. De estar siendo medido. Como si algo, o alguien, estuviera decidiendo si éramos dignos de seguir avanzando.
—¿Seguimos? —preguntó Zer, otra vez mirándome.
Podía decir que sí. Podíamos llegar hasta esa colina. Tocar el segundo hueso de dios. Volver con las manos llenas. Impresionar a Tzerya. Impresionar a todos. Pero también podíamos no volver. Y entonces, ¿de qué serviría haber visto tanto?
—Buscamos refugio —dije—. Se acerca la noche.
Encontraron una cueva baja al pie de una colina cubierta de raíces torcidas. No era profunda, pero bastaba para seis hombres. Dragan y Zer despejaron el suelo de piedras afiladas. Noktar encendió un fuego pequeño con ramas secas que Yol había recogido en el camino. Ilian se quedó en la entrada, mirando hacia afuera, vigilando.
Nos sentamos alrededor del fuego. Nadie habló mucho. Comimos lo poco que habíamos traído: raíces secas, carne ahumada. El sabor era el mismo de siempre. Pero sabía distinto. Porque Yenah estaba lejos. Porque el humo de nuestro fuego no se mezclaba con el humo del fuego de mi hermana.
—¿Crees que nos esté mirando? —preguntó Zer, de repente.
No tuve que preguntar a quién se refería.
—Siempre nos mira —dijo Dragan, con tono neutro—. Por eso estamos acá.
Era cierto. Todos lo sabíamos. Habíamos salido no solo para explorar. Habíamos salido para demostrar algo. Para volver con algo que hiciera que ella asintiera. Que dijera nuestros nombres con peso. Que nos mirara no como niños que juegan, sino como hombres que construyen.
Y yo cargaba un peso distinto al de ellos. Era a mí a quien ella había señalado para ir primero. Lo que esperaba de mí no era lo mismo que esperaba del resto. Necesitaba volver con algo que justificara esa elección. Si volvía sin nada, su decisión quedaría en duda. Y eso no podía permitirlo. Porque si fallaba, no solo fallaba yo. Fallaba ella.
El fuego crepitó. Noktar murmuró algo sobre sueños. Yol cerró los ojos. Dragan se quedó dormido con la lanza entre las manos.
Yo me quedé despierto, mirando el fuego. Pensando en todo lo que habíamos visto. En los dos huesos de dios. En Ghar'Ro. En el Oasis de Latzur. En las praderas abiertas donde alguien, o algo, podía estar observándonos.
Y entendí que habíamos visto demasiado, o tal vez muy poco, para volver atrás.
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