Proyecto Prometheus - Capítulo 2 – El reflejo

Capítulo II – El reflejo

34°54′S · 56°09′O · 08:49

Capítulo II

El reflejo

Gabriel despertó de golpe.

No de la manera gradual en que el sueño normalmente suelta a las personas —ese tránsito lento de imágenes borrosas a techo conocido, ese limbo de la mente entre dormido y despierto donde se producen las alucinaciones, la parálisis del sueño y demás terrores nocturnos—. Fue abrupto, como si algo o alguien hubiera cortado un cable. Un segundo no existía y al siguiente estaba sentado en la cama, con el corazón ligeramente acelerado y la certeza vaga de haber estado en un lugar muy hondo del que no recordaba nada.

Lo que más le perturbaba no era la posibilidad de haber rozado algo parecido a la muerte y no haberse dado cuenta. Lo que le perturbaba era que le había gustado. Esa desconexión total —sin sueños, sin ruido, sin peso— se había sentido como un descanso de una clase que el cuerpo despierto nunca consigue del todo. Como si lo grave de estar muerto eclipsara todo lo demás y lo alivianara, de un solo golpe, de todas las cargas que la vida despierta se niega a soltar.

Parpadeó. La luz entraba por la ventana. Era la misma luz de siempre —el mismo ángulo, el mismo blanco sucio de los edificios de enfrente—, pero algo en la habitación no terminaba de encajar. No era que faltara algo ni que algo estuviera fuera de lugar. Era más parecido a la sensación de ver un retrato pintado por un artista que casi lo logra: el rostro se parece a la persona, los rasgos están todos, pero algo en la proporción no cierra y el cerebro lo sabe aunque no pueda decir exactamente qué.

Gabriel miró alrededor. Todo en su sitio. Se encogió de hombros.

Tomó el celular de la mesita de noche.

08:49.

Otra vez.

No lo había cargado. Había pasado toda la noche desconectado del cargador —lo recordaba, lo había dejado ahí tirado porque estaba muerto de cansancio para buscarlo—. Aun así, marcaba 80%. Y en el segundo exacto en que sus ojos leyeron el número, la pantalla había mostrado 79%. Estaba seguro. O casi seguro. O quería estar seguro de algo esa mañana.

Frunció el ceño. Alguna actualización en segundo plano. Una calibración de batería. O esa tecnología nueva que carga el teléfono con —qué sé yo, con el calor del cuerpo, con el movimiento, con alguna frecuencia del ambiente— pensó, demasiado dormido todavía para saber que estaba intentando justificar lo injustificable. Nada raro. Nada que no pudiera pasar en una mañana cualquiera.

Dejó el celular boca abajo y fue al baño arrastrando los pies, con la boca pastosa y la camiseta pegada al cuerpo. Se rascó una nalga sin pensarlo dos veces, agradeciendo en silencio —como todas las mañanas— el pequeño privilegio de vivir solo.

El agua del grifo tardó. Ese tramo largo en que solo sale aire y el caño tiembla antes de decidirse. Cuando por fin salió, estaba tibia. Gabriel abrió los ojos.

A esa hora, con la calefacción rota desde hacía días, el agua del grifo salía helada. Siempre. Era una de esas constantes menores de su rutina, de esas que uno no nota hasta que dejan de cumplirse.

Se quedó con las manos bajo el chorro un momento, procesando.

Alguna remodelación en el edificio. Una cañería reubicada. Una fuga térmica. El clima.

Soltó el aire despacio. Ya se estaba cansando de encontrarle justificaciones al universo cuando el universo claramente no le otorgaba ninguna a él —y eso que él ni siquiera creía en el universo como entidad con opiniones propias, aunque eso, sin que lo supiera todavía, estaba a punto de cambiar.

Nada extraordinario, se dijo. Las cosas cambian todo el tiempo. Siempre hacia el desorden, hacia lo peor. Como decía ese video de YouTube que había visto a medias la semana pasada —algo sobre entropía, aunque él lo había recordado en ese momento exacto como entropernitis, que sonaba horrible y no era ninguna palabra real, y ya ni se acordaba bien de qué trataba—. Qué importa. Uno se adapta a lo que viene.

Se enjuagó la cara. Tomó el cepillo. Se inclinó frente al espejo.

Y entonces lo notó.

El reflejo tardó.

Una fracción de segundo. Mínimo. El tipo de retraso que el cerebro normalmente descarta como error propio antes de registrarlo como dato. Pero Gabriel estaba lo suficientemente despierto ya, y lo suficientemente quieto, como para sentirlo con claridad.

Repitió el gesto, más lento esta vez. El reflejo lo siguió bien. Perfecto. Sin desfase.

Pero ahora algo en la mirada no cuadraba.

Los ojos del reflejo no lo miraban a él. Miraban un punto ligeramente desplazado —dos centímetros a la derecha, quizás menos—, como si hubiera otro punto de interés en el cuarto que solo el reflejo podía ver. Y de repente Gabriel recordó ese efecto que habían explicado en el mismo video de YouTube —o en otro, ya no sabía—: cuando se toma una fotografía de un rostro y se invierte horizontalmente, el resultado produce una sensación de familiaridad perturbadora. El cerebro reconoce la cara pero algo falla en la lectura, algo que no puede nombrarse pero que activa una alarma antigua, prelingüística. Los científicos lo llaman el valle inquietante —ese umbral exacto donde algo parece casi humano pero no del todo, y el casi es lo que produce el rechazo—.

El reflejo estaba en ese valle.

De no ser por el susto, Gabriel se habría preguntado qué tenía registrado el algoritmo sobre él para recomendarle esa clase de videos en lugar de mostrarle gatitos, heavy metal de los 80 y mujeres en tanga haciendo yoga.

Se quedó quieto, esperando. Como cuando uno escucha un ruido en la oscuridad y no se mueve, no porque tenga un plan, sino porque el cuerpo decide por su cuenta que moverse sería peor.

El agua seguía cayendo. Era el único sonido fuera de la cabeza de Gabriel en ese baño.

Su imagen en el espejo parecía ligeramente menos tensa de lo que él se sentía. Había una rigidez sutil en el cuello, una vibración apenas contenida en la comisura de los labios, como si quisiera decir algo que Gabriel todavía no debía oír.

Parpadeó.

El reflejo hizo lo mismo. Todo en perfecta sincronía. Los ojos en su lugar, la leve asimetría natural de los espejos, nada fuera de lo ordinario.

Gabriel soltó una risa corta y seca. Se encogió de hombros.

Apagó la luz. Cerró la puerta.

· · · — — —

De camino a la cocina, encendió el celular por costumbre.

Una notificación nueva brillaba en pantalla. Sin ícono de aplicación. Sin identificación de remitente. Solo texto, en el formato limpio de un mensaje personal:

sin remitente · sin aplicación ¿Estás bien? No lo pienses más.

Gabriel se quedó quieto en el pasillo.

Tocó la notificación. Desapareció antes de que el dedo llegara a la pantalla.

Volvió a encender la pantalla. Nada. Solo los íconos de siempre, la hora en el centro, el fondo de pantalla de una chica androide de piel metálica que nunca había cambiado porque nunca había encontrado uno mejor.

Abrió una aplicación cualquiera —más por sentir que las cosas eran normales que por el hábito de distraerse—.

"A veces, el estrés nos hace ver cosas que en realidad no están. Escuchá al universo. Volvé a tu centro." Mensaje proporcionado por Instituto Vitae – Tu equilibrio en tiempo real.

Cerró la app de inmediato. La interfaz tardó unos segundos en responder —no estaba pidiendo suscripción, no era una pantalla de compra, simplemente tardó, como si la app estuviera procesando la decisión de Gabriel antes de ejecutarla—.

Gabriel nunca había oído ese nombre.

Se quedó mirando la pantalla apagada, su propio reflejo distorsionado en el vidrio oscuro.

Esta vez no se encogió de hombros.

Fin · Capítulo II e⁻¹

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