Crónicas de Harzar – Canto II – Hombres que miran más allá
Crónica de Harzar
Canto II – Hombres que miran más allá
“Cuando el círculo se cerró con piedra y saliva,
y la primera fogata duró más que el hambre,
supimos que habíamos fundado algo más que un refugio.”
Mi hermana, Tzerya la Clara, eligió el altozano de la niebla para plantar el corazón del clan.
Allí nació el Primer Fuego de Yenah,
nombre prohibido más tarde por los sacerdotes, pero que en la lengua antigua significa: “vientre que no olvida”.
Fue ella quien me señaló hacia afuera.
Y me dijo que no debía ir solo.
Que eligiera hombres distintos entre sí, porque el territorio exige más de una forma de mirar.
Así tomé a cinco:
— Dragan el del Hombro Rojo, con fuerza seca y brazos que no cedían fácil.
— Ilian el Callado, ojos atentos, hablaba poco pero veía antes que todos.
— Noktar el Roto, sin dientes, lleno de historias de muertos y supersticiones.
— Yol el de las Hierbas, conocedor de aguas y remedios, amante de Heralta, decían.
— Zer el Flaco, discreto, pero siempre el último en retirarse.
En el primer descanso, sus voces ya eran un coro nuevo:
—“¿Cuánto pesa esta lanza?” —dijo Dragan, sacudiéndola como si midiera paciencia más que fuerza.
—“Lo suficiente para atravesar tu silencio” —respondió Ilian sin levantar la vista.
—“Cuidado con esas palabras” —murmuró Noktar—. “Las piedras oyen, y a veces contestan.”
Yol resopló, ajustándose la vasija al hombro:
—“Que contesten entonces, pero que traigan agua.”
Zer los calló con un gesto seco:
—“El camino no espera. Ni la mujer que nos manda.”
Atravesamos el arroyo del nacimiento, un hilo helado que partía lo conocido de lo desconocido. Al poniente, hallamos una colina extraña; en su ladera, un fragmento brillante asomaba como un ojo abierto.
—“Es escarcha petrificada” —dijo Ilian.
—“Es diente de bestia” —aventuró Noktar.
Pero Yol, con voz más grave que de costumbre, dijo:
—“Es hueso de dios.”
No lo tocamos.
Más allá, la montaña nevada se levantaba blanca como piel de recién nacida.
A su sombra, otra más baja mostraba vetas amarillas.
—“Esa es Ghar’Ro, la garganta dormida” —dijo Noktar—. “Dicen que los dioses la usaron para vomitar luz.”
Al sur, un lago rodeado de verde:
el Oasis de Latzur. Ninguna bestia bebía de él sin mirar al cielo.
Al oriente, praderas abiertas y otra colina que brillaba.
—“Otro hueso de dios” —murmuró Ilian.
—“O alguien nos vigila” —dijo Dragan, tocando la lanza.
Dormimos esa noche en una cueva baja, entre raíces torcidas.
Y entendí que habíamos visto demasiado, o tal vez muy poco, para volver atrás.
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