Crónicas de Harzar – Canto I – El Nombre de la Madre

Crónica de Harzar

Canto I – El Nombre de la Madre

"Había silencio. Un silencio que cortaba el hueso."

Antes de las palabras,
antes del barro vuelto techo,
antes del grito que parte el aire,
hubo solo viento.

El círculo de piedra estaba en el centro del valle.
Allí comían. Allí dormían. Allí se miraban en silencio.
No tenían nombre. Tampoco tenían orden.
Solo hambre y frío.

Entonces vino ella.

No nació ni cayó del cielo.
No emergió del vientre de ninguna madre.
Vino desde la niebla.

La vieron al atardecer, trayendo un venado muerto sobre los hombros.
La piel tenía el color de la niebla. Caminaba sin pedir paso.
Nadie habló. Nadie supo de dónde venía.
Aun así, ella estaba allí.

—Tzerya… —dijo alguien, torpe, como quien tantea una piedra en la oscuridad.

Una de las mujeres más viejas se sentó junto al fuego sin mirarla y dijo:
—La niebla no se abrió para dejarla pasar… la parió.

La frase quedó suspendida en el humo.
Desde ese día, ya no solo escucharon: empezaron a preguntar.

Tzerya no mandaba. Hablaba… y el resto se acomodaba a sus designios.
Cuando los más fuertes peleaban por raíces podridas, ella encendía fuego.
No madera: fuego.
Frotaba. Hacía chocar piedra. Y soplando, lo traía.

Cuando las mujeres gritaban de dolor en la oscuridad, ella les enseñó a parir de pie,
con los ojos abiertos y los dientes apretados,
una mano en la vida que llegaba y en la otra una lanza.

Los hombres la siguieron. No por deseo, sino por claridad.
Así se formó el primer acuerdo no escrito:
ella era el centro; la piedra angular; el lugar donde la voz se vuelve acto.

Kael la vio primero. Era un niño de mirada distinta.
No supo si la recordaba o si simplemente ya estaba allí.
Desde entonces la siguió sin pedir permiso.
Creció detrás de su sombra, aprendiendo a mirar donde su voz ya había pasado.

—Su hermano —dijeron algunos.
—Su amante —susurraron otros.
—Su memoria —se llamó él.

Repitió su historia hasta gastarla. Para que el olvido no llegara antes que la piedra.
Por eso todavía se oye:

Tzerya, la Clara,
primera del Velo,
fundadora del círculo de Harzar,
desafiadora del Sol.

Dicen los viejos: la que camina con fuego no pide paso.
Ese día, cuando el Sol cayó, todo lo demás comenzó.

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