Proyecto Prometheus - Capítulo 3 – Indeleble
Indeleble
Gabriel salió temprano. El aire tenía ese tono gris claro que no es cielo ni niebla — como si la ciudad estuviera operando a media potencia, ni apagada ni encendida del todo, dejando que fuera el ánimo de cada uno el que decidiera de qué lado caía.
Salió sin café. Sin mate tampoco, que era la concesión local a la que había terminado rindiéndose después de años, aunque nunca del todo convencido. Circulaba en su quejumbrosa y vieja bicicleta Mondial distraído por Avenida Italia, como casi todos los días, con el casco de reparto colgado del manillar y la cabeza en otro lado.
En la esquina con Comercio, algo lo hizo frenar.
El cartel de cerveza que siempre veía al pasar por allí ya no estaba.
No era nada extraordinario — las vallas cambian, los contratos vencen, la publicidad rota en ciclos de campañas —. Pero esa mañana, en la que todo le parecía levemente fuera de lugar aunque se repitiera la misma rutina de siempre, la ausencia le hizo ruido igual.
En el lugar de siempre había una valla nueva. O eso debería haber sido.
Porque no parecía nueva.
Aparecía una mujer vestida de blanco en una pose de yoga que no era yoga sino la imitación rígida de alguien que nunca había hecho ejercicio y trataba de imitar las poses que había visto solo en fotos. La cara esculpida en una expresión de paz fabricada — la clase de paz que se ve en los folletos de clínicas privadas y retiros espirituales de fin de semana —. Nada de la naturalidad despreocupada de las estatuas griegas. Esto era mármol barato. Mármol de utilería.
Y la valla llevaba meses ahí. Eso era evidente.
El vinilo estaba cuarteado en las esquinas, levantado en los bordes, y los colores habían perdido saturación de manera dispareja — el blanco del vestido tenía ese tono amarillento que da la radiación UV durante semanas de exposición directa —. En el bastidor metálico, los tornillos mostraban una costra de óxido superficial que no se forma en días. En los pliegues inferiores del material se había acumulado una línea fina de polvo y hollín de escape, del tipo que deposita el tránsito pesado de una avenida debido a la larga exposición.
Gabriel juraba que ese cartel no había estado ahí el día anterior.
Lo cual hacía que todo lo anterior no tuviera ningún sentido físico posible.
El clima del sur. Todo lo deja viejo rápido acá. Y después, casi en voz alta: —Espero que el clima sureño no me envejezca así de rápido, jaja.
Se rio solo, brevemente, con esa risa que no es humor sino el mecanismo de emergencia del que no tiene con quién hablar de lo que le está pasando.
O tal vez era que el material de la valla era una porquería. Tan malo como el diseño y la pose de yoga fingida de la modelo de la foto.
Pero lo que de verdad le hizo ruido fue la frase. Abajo, en una fuente genérica que pretendía ser elegante:
Se quedó quieto.
Era casi el mismo mensaje del anuncio del teléfono. Casi. Lo que lo detuvo no fue lo repetitivo — la publicidad moderna recicla todo sin vergüenza —. Fue el tono. El anuncio del teléfono había sido una invitación, algo suave y envolvente. Esto era otra cosa. Esto tenía la textura de una advertencia. Casi de una amenaza pronunciada en voz baja, con una sonrisa más falsa que la propia postura de yoga.
Dejá de buscar explicaciones.
No creía en esas cosas. Ni en esoterismo, ni en señales del universo, ni en nada que se pareciera. Y sin embargo, algo de esas palabras le quedó retumbando en la cabeza como un eco que no encontraba la pared donde rebotar y apagarse. Gabriel no era conocedor de yoga ni de la técnica correcta, pero la pose era tan forzada que incluso a él le saltó a la vista y casi le hizo olvidar lo impactante del mensaje.
La publicidad está hecha para llegar al subconsciente. O para distraer de lo que no quieren que te des cuenta, como hacen los magos con sus atractivas asistentes y el humo. Espera. Tal vez esa es exactamente la idea de este cartel. Desviar mi atención con la pose falsa y hacerme olvidar el mensaje misterioso del teléfono. En cuyo caso es una publicidad muy bien hecha, porque casi lo logra. O capaz estoy siendo demasiado paranoico.
Le sacó una foto. Más por hábito que por tener pruebas — le sacaba foto a todo, a los pedidos, a los recibos, a los precios del supermercado —. ¿Prueba de qué? No tenía forma de compararlo con nada, ni a quién mostrarle nada. Tal vez a sí mismo, más tarde, para confirmar que no lo había soñado y que no estaba perdiendo la cabeza del todo.
Guardó el teléfono y siguió. Tenía que encontrarse con Mateo. Y el día no estaba para andar pensando boludeces.
El día siguió raro. Como todos los días de Gabriel, pero ese día más.
En la parada de Propios, vio a un niño saludando desde la ventanilla de un ómnibus. Gabriel levantó la mano casi por reflejo, sin pensarlo. El niño le devolvió el saludo con una expresión que parecía sorpresa genuina — como si, en realidad, hubiera sido Gabriel quien había saludado primero.
Gabriel bajó la mano despacio.
Sonrió, incómodo, al darse cuenta de lo rápido que había perdido el hilo de quién había empezado a saludar. Y pensó que si no podía confiar en su memoria para un evento que había ocurrido apenas diez segundos atrás, con qué seguridad podía afirmar que en esa esquina había estado ese cartel de cerveza y no ese cartel trucho de retiro espiritual. ¿Era de cerveza el cartel original? ¿O de vino? La cosa parecía ir de mal en peor. Pero al menos todavía tenía la capacidad de darse cuenta de que algo andaba mal — si fuera Alzheimer, ni eso le quedaría. Dentro de lo malo, era una buena noticia.
¿O tal vez no?
Un perro callejero lo miró fijo desde la otra esquina. No lo siguió. No ladró. Se quedó quieto, como esperando algo que Gabriel no sabía que tenía. Sin mover la cola. Sin mostrar los dientes. Solo mirando. Gabriel se quedó quieto esperando a que el perro siguiera de largo y apareciera de nuevo por la esquina, recordando alguna escena de película donde pasaba algo parecido con un gato, esperó el déjà vu un poco para divertirse consigo mismo y las travesuras que le jugaba la mente. El perro nunca se movió. De haber ocurrido se hubiera reído en lugar de asustarse, pero en su lugar ocurrió algo mucho peor: de no ser por la leve respiración y el parpadeo apenas perceptible, parecía más bien uno de esos perros de yeso que adornan las entradas de las casas de quienes presumen un estatus que no tienen con adornos que cuestan doscientos pesos en la feria.
—Qué raro. Los animales siempre se mostraron amigables conmigo —murmuró en voz baja, mirando hacia otro lado.
El semáforo de Avenida Italia parpadeó en amarillo.
Tres cortos — dos largos. · Dos largos — tres cortos. · Pausa. · Vuelta a empezar.
Gabriel le siguió el ritmo con el pie sin darse cuenta, como si fuera el bombo de algún tema de rock de los noventa que le gustaba escuchar en los auriculares — Highway to Hell, Welcome to the Jungle, esa clase de cosas —. Tardó varios ciclos en notar que lo estaba haciendo. Murmuró algo sobre los impuestos y la Intendencia, como si el problema fuera ese, y siguió.
Le dolía un poco la cabeza.
Ese día no entregó muchos pedidos. Pero sintió que hizo el doble de esfuerzo.
No era físico. Era otra cosa. Una pesadez específica, como si cargara el peso de toda la columna de aire que lo separaba de la estratosfera — setenta kilómetros de atmósfera presionando desde arriba, invisible, constante, que uno no siente hasta que de repente sí.
La ciudad estaba igual. El mismo ruido, el mismo tránsito, la misma humedad pegajosa. Pero había algo fuera de tono — como cuando uno va a decir algo y se le traba justo en la punta de la lengua, y mientras más trata de buscarlo más se escapa —. Una sensación mínima, molesta, imposible de ignorar e imposible de nombrar.
A eso de las cinco, se detuvo frente a la vidriera de una tienda. No para mirar nada adentro — tenía los ojos agotados, como después de leer durante horas aunque no tuviera el hábito —. Solo para descansar la vista un momento.
Se vio reflejado en el vidrio.
No se reconoció de inmediato.
Pensó que era el cansancio. Las ojeras. Esos días en los que uno se siente tan fuera de sí que hasta su propia cara parece la de otro.
Miró de nuevo, con más atención.
Estaba igual que siempre. Agotado, ojeroso, actuando por inercia. Y fue ahí cuando lo notó de verdad: llevaba horas haciendo exactamente lo mismo de todos los días sin haberlo decidido conscientemente. Misma ruta, mismos horarios, mismos gestos. A veces pensaba en hacer otra cosa — doblar en otra esquina, tomar un camino distinto, parar en algún bar que nunca había entrado —, pero algo lo llevaba siempre de vuelta al mismo carril. Era solo en esos breves momentos en que "el aire", como él le decía, le daba un pequeño respiro, cuando sentía que tenía dominio real sobre sí mismo. Pero extrañamente, en esos momentos de libertad, no sabía exactamente qué hacer con ella — como el ganado que va por la manga hacia el corral, ese corredor cercado de madera donde el animal camina sin opciones reales de desviarse, convencido de que elige el camino porque nadie lo está empujando.
Extrañamente, eso lo tranquilizó.
En el galpón, mientras ayudaba a Mateo con unas cajas, se acordó de la valla.
—Te tengo que mostrar algo rarísimo —dijo, sacando el celular.
Buscó la foto en la galería.
No estaba.
Donde esperaba ver a la mujer de blanco con cara de estatua mala, encontró una foto de una botella de Patricia Salus — las gotas de condensación en el vidrio, el logo en primer plano —. Nada del cartel raro. Nada de la frase. Nada de lo que él había visto.
Gabriel se quedó callado.
Mateo lo miró.
—¿Qué pasó?
—Nada. Olvidalo —dijo, guardando el celular.
Pero algo adentro suyo sabía que no lo había inventado.
Casi sin querer, en voz baja, como si algo le frenara las palabras antes de que pudieran salir completas:
—Era algo de un cartel de cerveza. Con el jugador ese del que siempre me hablás.
—¿El Pantera? —Mateo se iluminó de inmediato, como siempre que alguien le abría esa puerta—. Zalayeta. Marcelo Zalayeta. Mejor jugador del Clausura 2012-2013, máximo goleador del campeonato. Y en el 2015 va a ser máximo asistente del Clausura también, ya vas a ver.
Gabriel frunció el ceño.
—Hablás del 2013 como si hubiera pasado hace diez años, y estamos en el 2014 y ya estás dando pronósticos del año que viene con tanta seguridad. Sí que le tenés fe al Marcelo, ¿no?
—Bueno, es que el Loco es un crack. Vos sabés ¿no? —dijo, como tratando de convertir una opinión en un hecho establecido.
Gabriel no siguió. No era su tema y Mateo no necesitaba interlocutor para hablar de fútbol, solo un cuerpo presente que asintiera cada tanto. Lo dejó con ese leve sabor de superioridad que le daba saber cosas que el otro no sabía — incluso cosas que técnicamente todavía no habían pasado —.
Si tan solo usara esa habilidad para el trabajo, repartiría el doble de pedidos y sería empleado del mes todos los meses.
Esta vez se aseguró de que el pensamiento se quedara adentro.
—Igual, mirá, no existe ningún cartel de cerveza con jugadores famosos, y menos con el Pantera —dijo Mateo, con ese tono magistral y un poco insoportable del que sabe y necesita que los demás lo sepan—. Eso no existe acá.
—¡Pero que sí lo vi, coño! Un morocho pelón, no sé el nombre, sonriendo como si le pagaran más por salir en la valla anunciando cerveza que por meter goles.
Hacía tiempo que no soltaba un buen coño. Lo tenía reservado para momentos en que realmente necesitara énfasis. En Uruguay le funcionaba como una señal de emergencia — la forma de decirle al interlocutor que esta vez no estaba exagerando.
—Mirá, Gabriel, no te digo que estés mintiendo —dijo Mateo, acomodando una caja—. Pero la publicidad de alcohol acá está muy regulada. Nunca vi al Pantera en un cartel, y menos de cerveza. No es algo que se haga.
—Tá, no pasa nada. Seguro me confundí.
El tá uruguayo se le había pegado desde la primera semana. Lo tenía incluso más incorporado que el coño venezolano — y eso era decir mucho —. Era la palabra perfecta para cerrar conversaciones incómodas sin tener que admitir nada ni explicar nada. Una pequeña obra maestra de la economía lingüística rioplatense.
Guardó el teléfono. Agarró otra caja.
Pero sabía lo que había visto.
Comentarios
Publicar un comentario